viernes, septiembre 08, 2006

Cynosure (I)

(Extracto del reportaje aparecido en WorldNews.com el 17 de junio de 2019)

"¿Ha pensado alguna vez en matar a Hitler? ¿En asistir a una clase de física impartida por el propio Einstein? ¿En cambiar el mundo salvando a Kennedy? En Cynosure ponemos el tiempo en sus manos". Publicidad de Cynosure

La sede central de Cynosure Ltd en Nueva York. Se trata de un edificio de cristales de color azul, de 12 plantas, en pleno Long Island. Un parque bien cuidado en una explanada blanca alrededor de la cual se adentran hasta la entrada del edificio dos brazos de asfalto. En un rincón, apenas testimonial, un grupo de manifestantes, de diversos orígenes, que pancarta en mano y soportando el calor, reclaman la ilegalización de las actividades de la empresa.
Nada más entrar uno percibe una sensación de calma total. Los colores azules cristalinos de la decoración y una suave música apenas insinuada se acoplan perfectamente con el aire acondicionado para hacernos olvidar el mundo exterior. De algún modo a eso se dedica Cynosure.
A la izquierda hay un gran mostrador tras el cual varias bellas muchachas en trajes de color azul marino atienden al teléfono. Sobre ellas, en la pared, hay un gran cartel que contiene una foto en
blanco y negro con un texto debajo: “Este hombre estaba equivocado”. Se trata de Ray Bradbury.
En el mostrador me espera un hombre vestido con un traje de color negro y aspecto severo. Sin embargo, sonríe y me tiende la mano. Un apretón seguro y una sonrisa dedicada y profesional.
Se presenta como Alex McMahon, director de relaciones públicas de Cynosure, un hombre de
confianza del presidente. McMahon comienza una conversación intrascendente, acerca del tiempo reciente mientras me guía, seguido a un par de metros, por un guardia de seguridad que observa todo desde detrás de sus gafas de sol.
McMahon me habla de la decoración. Al parecer, contrataron a varios expertos en feng shui
para decorarlo todo. Según me comenta, el presidente es un aficionado a la cultura oriental. Después de un paseo por las dependencias, donde puedo ver decenas de hombres y mujeres trabajando en ordenadores y hablando por teléfono, me pregunta si quiero ver el equipamiento.
Un ascensor baja durante bastante tiempo hasta llevarnos a unas dependencias subterráneas.
La luz viene de arriba. El sol se filtra a través de un estanque en el jardín, llenándolo todo de un tono celeste. La música sigue sonando. Los pasillos son amplios y nada, salvo el ascensor que
hemos dejado detrás, recuerda que estamos a unos diez metros bajo el suelo. Por el pasillo podemos ver algún científico vestido con bata blanca y a más guardias de seguridad. Pasamos un par de controles y accedemos a una enorme habitación en la que se encuentra el corazón de Cynosure. Se trata de Red Butterfly, una enorme computadora cuántica desarrollada por IBM, la más avanzada del mundo actualmente y lo más parecido a inteligencia artificial que ha creado el ser humano hasta la fecha. Red Butterfly es, paradójicamente, un conjunto de paneles de cristal azul dentro de los cuales se apilan delgadas láminas metálicas. Detrás de los paneles, puestos verticales sobre el suelo, se encuentran una serie de consolas, en las que un grupo de técnicos teclean frenéticamente y toman notas en computadores portátiles.
– Lo que usted ve aquí es solo una parte de Red Butterfly -dice McMahon con orgullo. Parece que hablase de un hijo que ha ido a la universidad-. El resto se encuentra en cámaras refrigeradas
más profundas. El nodo local de Red Butterfly tiene una extensión de medio kilómetro cuadrado.
Pasamos delante de las consolas. Aparecen decenas de gráficos y datos a toda velocidad.
Cada poco tiempo alguien teclea algo en alguno de los terminales. El relaciones públicas depara
otra sorpresa. Saluda a la computadora de viva voz. Ésta responde con una dulce voz femenina.
– Hola, Alex.
– Tenemos visita.
– Me encantan las visitas.
Resulta un extraño contraste la tranquila voz de Red Butterfly con el resultado de las pantallas, que arrojan miles de datos por segundo.
– Se trata de la señorita Frey, de WorldNews.
– Es un placer conocerla -dice amablemente la computadora.
– El placer es mio. Eres toda una celebridad.
– Me sonroja usted -comenta, al tiempo que los paneles de cristal azulados toman un tono más
rojizo durante unos segundos.
– La pequeña Reddy es toda una bromista. Sin embargo, es lo más portentoso que ha dado la
humanidad. Si la historia acabase hoy, éste sería la creación más perfecta del ser humano. Su increíble potencial de cálculo es imprescindible para llevar a buen término nuestras transacciones.
Abandonamos la habitación de la computadora y nos dirigimos por un pasillo hasta otro
ascensor, donde subimos a la quinta planta. Pasamos por delante de varias habitaciones en las
cuales se adiestra a los clientes sobre lo que encontrarán en sus viajes y como actuar antes
diferentes situaciones.
Finalmente, McMahon me lleva a ver al pez gordo. Su despacho se encuentra en la séptima
planta. Una gran puerta de madera y cristal lo separa del mundo del resto de los mortales. Estamos ante el sanctasanctórum del hombre más rico e influyente del planeta, hombre del año 2016 según la revista Times y ganador del Premio Noble de Física del año 2015, Eric Duverger. McMahon llama a la puerta y abre sin esperar respuesta. Al fondo del despacho puedo verle. Su mesa es enorme, de una extraña forma ovalada. Tres terminales de ordenador y varias pilas de papeles la cubre, pero de un modo curiosamente ordenado. A la derecha e izquierda hay discretas estanterías llenas de libros y discos. El suelo está cubierto por una gran alfombra que se asemeja levemente con las rayas de una cebra. Una gran vidriera semicircular le permite contemplar parte de sus dominios. Desde ella se observa el estanque bajo cuyas aguas piensa sempiternamente Red Butterfly.
Duverger se pone en pie, apagando su teléfono auricular, y se acerca a mi extendiendo la mano. Duverger sonríe de un modo encantador y me guía hasta un asiento de corte extravagante delante de su escritorio. McMahon se despide de mi y nos deja solos en la habitación.
– Buenos días, señor Duverger. Es todo un placer conocer al hombre más famoso del mundo.
– Buenos días -dice, sonriendo con cierta modestia.
– Ha creado usted, en menos de 5 años, la empresa más prospera de la historia. ¿Cómo ha
conseguido eso?
– Bueno, pues con dedicación y algún golpe de buena suerte.
– Se graduó usted en el 2007 en la Universidad de Columbia en Física. ¿era usted un buen estudiante?
– Pues lo cierto es que no -ríe-. Estuve en un par de ocasiones apunto de dejar la carrera. No era demasiado brillante.
– Sin embargo, en ocho años, consiguió hacer callar a sus antiguos profesores. ¿Qué significó para usted conseguir el Nobel de física?
– Bueno, para muchos es una meta. Sin embargo, creo que lo que hizo en mi fue espolearme para lograr dar un paso más allá. Cynosure nació de aquel descubrimiento.
– Se refiere usted por supuesto a la demostración matemática de los viajes en el tiempo y su posterior demostración empírica. Es la denominada Teoría Duverger, que nada tiene que ver con las leyes electorales. ¿Cómo llegó usted a descubrir los viajes en el tiempo?
– Bueno, la teoría de Einstein lo predecía. La teoría de cuerdas lo predecía. Solo hacía falta que alguien lo demostrase. Recuerdo nuestros primeros experimentos. El equipamiento no era ni la mitad de caro de lo que tenemos aquí. Sin embargo, aquellos primeros días en el Fermilab fueron realmente excitantes.
– Cuénteme algo de eso.
– Pues después de devanarnos los sesos durante semanas decidimos hacer una prueba. Con el
material que poseíamos no podíamos hacer nada ostentoso, como podemos permitirnos hoy día, sin embargo, aquellas pruebas obligaron a desalojar gran parte de las instalaciones por lo que pudiese pasar. Nuestro equipo se quedó, así como el director del laboratorio. Recuerdo que me dijo, medio en serio medio en broma, que si algo malo ocurría lo mejor que podía pasarle es que
le cogiese allí. Así que pusimos en marcha nuestras máquinas y una antigua versión de Red Butterfly, de computación clásica. Después de varios segundos de tensa espera conseguimos hacer viajar en el tiempo a un protón, que regresó exactamente 0,0018 segundos después. Parece una nimiedad, pero ha sido lo primero que el ser humano ha sido capaz de hacer viajar en el tiempo.
“Posteriormente, las pruebas permitieron hacer viajar en el tiempo objetos mayores. Lo más
grande que conseguimos desplazar temporalmente fue una molécula de fulereno c70. Su tiempo de desplazamiento fue de 1,3 segundos.
– ¿Qué descubrieron ustedes acerca de la naturaleza de los viajes en el tiempo con esos experimentos?
– Fueron muchos descubrimientos. Uno de ellos, especialmente interesante, es que no podíamos enviar nada atrás a nuestro propio espacio-tiempo. Las veces que intentamos hacerlo, nuestra computadora arrojaba un resultado que nos obligaba a parar. Eso nos hizo replantearnos algunas cosas.
– ¿A qué se debe esa limitación?
– Hay una cita de Heráclito que nos dice “Un hombre no puede bañarse dos veces en el mismo río”. Y tiene toda la razón. La naturaleza del tiempo es sencilla. Imagine que estamos dentro de un tubo, pero no se trata de un tubo cilíndrico, sino un tubo cuya superficie va creciendo según una curva exponencial, lo que conocemos como un hiperboloide. Pues nuestro tiempo es un hiperboloide, según lo conocemos. Cada universo posible se encuentra dentro de dicho tubo del tiempo, que crece a medida que los universos posibles van aumentando.

[Continua en Cynosure (y II)]

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