sábado, septiembre 02, 2006

La Canción del Diablo (I)

“Se me ocurrió que él únicamente tenía una comida, mientras que yo disponía de una historia que podía contar como propia y que me reportaría una cantidad de dinero equivalente a muchas veces el coste de la comida”
- Isaac Asimov, Azazel: el demonio de 2 centímetros.

Me dirigía hacia el encuentro con el entrevistado en el sillón donde pegaba el sol en un autobús atestado. Me muevo habitualmente en autobús porque soy un acérrimo defensor del transporte público de masas y porque no tengo coche ni carné de conducir.
Al llegar a mi parada luche a brazo partido con la gente que entraba y salía, creando una serie de mareas y rebufos que me amenazaban seriamente con atraparme y obligarme a desandar a pie el camino extra. Al fin lo logré.
Al poner el pie en el suelo respiré profundamente y busqué en el bolsillo de mi gastada chaqueta un paquete de tabaco, del que extraje un último y arrugado cigarro. Hice una bola con el paquete y lo lancé al suelo, mientras que con mi otra mano encendía aquel pequeño cilindro de placer
maligno.
Un par de cientos de metros me separaban de la cafetería donde había concertado una cita mi jefe con el entrevistado. Me hallaba yo, por avatares del destino que no es perentorio explicar, en una situación laboral, digamos, precaria. Tanta era la presión de la soga alrededor de mi gaznate que me había visto obligado a aceptar un trabajo en un periódico de novena fila, de
esos que ponen titulares como “Un extraterrestre se comió a mis gatos” y cosas así. Llevaba en él dos meses y en aquel tiempo me había encontrado con toda clase de personas. Miento. Me había encontrado con una sola clase de persona: chiflados. Sin embargo, trabajar hasta altas horas con un sueldo mísero, tratar de entrevistar a visitantes de otros mundos, dormir poco,
beber café aguado y soportar a un jefe que era seguramente peor que los tipos con los que me encontraba no podían tener todo malo: Allí no tenía que contrastar las noticias. Cualquier cosa valía. Y si no, podía inventármelas.
Alcancé a vislumbrar mi destino con una colilla entre los labios. Apuré casi hasta el filtro con la última calada y arroje lo que restaba a una alcantarilla. Se trataba de un café con grandes vidrieras que mostraban todo el interior expuesto, como si los clientes fuesen los remanentes de una tienda de animales. Odiaba aquellos sitios. Odio que la gente me vea comer al pasar por la calle. Me hace sentir como un monstruito de feria. Sobre las vidrieras con el logotipo de la franquicia y de una agencia de seguridad había un toldo de colores vivos y chillones que resaltaban profusamente, casi hiriendo mis retinas. ¿Por qué el mundo no se vuelve gris cuando uno está amargado? Debe ser mucho mejor para el ego ver que todo el mundo está jodido como tú, además del hecho de hacer que quienes te han puesto así se fastidien como tú.
Observé el concurrido interior antes de adentrarme a ser uno de ellos. Las mesas y sillas emulaban los bares de las películas americanas de los 70. Las paredes estaban adornadas con cuadros de batidos, de fotogramas de Grease y de motos Harley Davidson. Entre los clientes, numerosos y con una edad media de 18, circulaban los camareros y camareras, con un uniforme irrisorio que me confirmaban la teoría de que el mundo se estaba yendo por el retrete. Al fondo, en la barra, había unos pocos camareros más, con más granos en la cara que los clientes si cabe, y una enorme máquina sacada de las pesadillas de Mary Shelley con un batido de fresa de plástico encima dando vueltas.
Haciendo de tripas corazón empujé la puerta y me adentré en aquel universo de color rosa y sabor lechoso. Llagaba cinco minutos tarde. Me gustaba llegar siempre un poco tarde para observar la actitud de la gente a la que tenía que entrevistar. Lo había hecho, en otro tiempo, con gente normal incluso, siempre que era posible. Sé que la primera impresión es la que cuenta, pero por eso mismo, lo primero que haga o diga el entrevistado me indicará gran parte de su personalidad y me posibilitarán manejar la situación con más conocimiento de causa. Además, hay que hacerle ver al entrevistado que no están del todo en el poder. Hay que hacerles sentir
cómodos, confiados, pero no deben ver al periodista sumiso y minimizado.
Mis pasos se dirigieron a una mesa en la que se encontraba un hombre de mediana edad, ataviado con un polo de color blanco y un pantalón caqui. Observaba la carta con desinterés con unas manos delgadas y de largos dedos y unos ojos ligeramente saltones. Tenía el pelo castaño,
peinado de una manera algo extraña. Mis pasos me llevaron hasta él.
- Perdón –carraspeé a su lado-. ¿Leonardo?
Aquel hombre elevó su rostro, que me recordó a la quilla de un barco, y asintió con una sonrisa muy ligera pero que dejaba sus labios con una completa forma de V.
- Soy…
- Si, ya lo sé –dijo, indicándome con la mano que me sentara-. Viene usted del periódico.
- En efecto –dije y me senté enfrente de él.
Mientras yo extraía mi libreta y mi grabadora –ojalá no funcionase en un sitio tan ruidoso- y le pedía permiso para grabar la conversación, el tal Leonardo volvió a interesarse por la carta.
- Llega usted tarde –comentó, como por casualidad.
- Sí, lo siento –mis disculpas estaban muy bien construidas a base de años de prácticas. En todos los ámbitos-. Había un tráfico terrible…
Leonardo meneó la mano como si girase un pequeño bombo de bingo.
- Bah, no se preocupe –dijo, soltando la carta y mirándome de frente, al tiempo que empujaba la carta por la mesa hasta mí-. Yo ya he decidido.
Observé la carta entre sus manos e hice un ademán de negación.
- Gracias. Ya he desayunado. ¿Le importa que comencemos?- “Tengo tres chiflados más que entrevistar hoy” pensé mientras dibujaba la más servicial de mis sonrisas.
- No, estoy preparado –cruzó las manos sobre la mesa.
Cogí un bolígrafo de mi bolsillo y garrapateé algo sobre una hoja en blanco de una libreta de bolsillo. Mi apatía podía detectarse por satélite.
- Veamos, Leonardo –dije con un suspiro-. Así que es usted el Diablo.
- No –negó con la cabeza y me dejó con un palmo de narices. Justo cuando iba a balbucear algunas palabras, dijo-: Soy un diablo. O mejor dicho, un demonio, ya que diablo significa acusador, o calumniador, en griego ¿sabe? y nosotros nunca hemos ido a corromper a nadie para luego decírselo a Dios o cosas por el estilo. O ya puestos a elegir, preferimos ser llamados ángeles caídos. ¿Le parece bien?
Asentí ligeramente, al tiempo que apuntaba algo en la libreta.
- De modo que no es usted Lucifer –dije, mientras veía la noticia volar a páginas interiores.
- No –sonrió mostrando sus dos paletas superiores-. Mi nombre real es Kazbiel. Significa “Aquel que miente a Dios”. Me lo pusieron al cambiar y de bando. Estaba bastante de moda por aquellos tiempos.
- Vaya, lo siento –observé.
Una muchacha con una camisa blanca, una falda hasta las rodillas de rayas rojas y blancas y un delantal rosado se nos acercó con una libreta como la mía.
- ¿Qué les sirvo?
Leonardo, perdón, Kazbiel, pidió un batido de chocolate y una porción de tarta de melocotón. Yo iba a pedir cianuro, pero con la suerte que tengo seguramente se habría acabado, de modo que dije que no quería nada. La muchacha tomó nota y se marchó.
- Pues, Kazbiel, ¿Cómo llegó a la Tierra? –la pregunta se me ocurrió en el momento.
- Fue hace miles de años, cuando después de la Guerra en el Cielo escapamos hacia el mundo terrenal. Aquí permanecí durante algunos cientos de años, hasta que los ángeles de Dios dieron conmigo y me llevaron ante Él, para juzgarme.
- Así que ha visto usted a Dios.
- No. ¿Ha visto usted en persona al presidente de los EE.UU.? –inquirió con cierta acritud. Confesé que no.
- Pues el presidente de los EE.UU. gobierna el mundo y usted solo lo ha visto por la tele. Imagine un lugar como mil veces este mundo y un solo tío gobernándolo todo.
Perfecto, un lugar para amargarse mil veces más.
- Perdone si me he soliviantado –se disculpó mientras la muchacha dejaba la comida frente a él-, pero me enfada bastante que los seres humanos, teniendo un auténtico demonio delante de ellos se preocupen sólo de preguntar siempre si he visto a Dios. A ver si deja claro esto en su artículo:
No hay nadie que haya visto a Dios. Nadie en el Cielo, en la Tierra o en el Infierno. Puedes oírle, pero no verle. Pero le aseguro que no parece un viejecito afable con larga barba blanca.
- No se preocupé –subrayé “no ha visto a Dios” en mi libreta-. Pero es que no sé muy bien que preguntas hacerle a un emisario de Satanás.
Él pareció perplejo un segundo.
- Les llamé a ustedes porque vi que en su periódico hace como un mes entrevistaron a un ángel. Sólo quería dar mi visión de las cosas.
Touché. ¿Y ahora que digo?”
- Seguramente tiene usted razón. Pero los expertos en angelología y demonología del periódico están ahora todos ocupados. No quiero que se sienta menospreciado. Yo soy del departamento de extraterrestres –mentí bellacamente mientras mostraba mi más afligida sonrisa.
Se metió un trozo de tarta en la boca y meneó la cabeza.
- Bien. No importa.
- Bueno ¿Cómo fue ese juicio?
- Mal, como puede imaginarse –sorbió el batido ruidosamente por la pajita-. Dios no se ha destacado nunca por su misericordia.
“Amén”, pensé.


[Continuar en La Cancio del Diablo (y II).]

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