lunes, septiembre 04, 2006

La Canción del Diablo (y II)

[Viene de La Canción del Diablo (I)]

- Así que salió culpable. ¿Qué pena le impusieron?

- Trece mil años arrestado en el infierno. Salí hace quinientos años y me destinaron a la Tierra.
- ¿Quién le destinó?
- Mi jefe, Asmodeus. Es un príncipe demoníaco.
- Vaya. Así que en el infierno son monárquicos.
Kazbiel me miró de hito en hito y luego, cuando creí que se iba a levantar e irse, soltó una sonora carcajada abriendo tanto sus mandíbulas
que comprobé el perfecto estado de sus amígdalas. Medio café nos miraba.
- Ah, pues sí. Herencia celestial, me imagino. No me veo votando a Lucifer ni nada de eso.
- No se crea que la democracia es tan buena como la pintan –dije, mientras me preguntaba si aquel sujeto tendría un cigarro.
- Hombre, la inventamos nosotros –me dijo y entre tanto cortaba un trozo de pastel-. Nosotros hemos inspirado a muchas personas a lo largo de la historia y la mayoría de los gobiernos ha salido de nuestras ideas. Al principio, algunos quisieron llamarla demonocracia, pero vimos que eso no hubiese gustado tanto.
- Bien, señor Kazbiel. Todo esto está muy bien, pero debe comprender que no puedo creer a cualquiera que llega afirmando ser un ángel caído sin que demuestre sus poderes.
- Ya lo sabía. Ustedes, los humanos, siempre están deseosos de demostraciones esperpénticas de poderes sobrenaturales. Me preguntó como habrá triunfado el cristianismo. De acuerdo, leeré su mente.
“Espero que no” pensé.
- Piense en un número.
- Ya –dije.
- ¿Es par o impar?
“Vaya mierda de lectura mental”.
- Par.
- Multiplíquelo por tres.
- Hecho.
- Divídalo entre dos.
- Ya.
- Multiplíquelo por tres.
- Listo.
- Divídalo entre nueve.
- Ahh… Ya.
- ¿Qué número le salió?
- Después de todo esto, el tres.
- Usted pensó el número seis ¿verdad?
Me plantee seriamente pedir el cianuro.
- Este truco es una mierda, si me permite la expresión.
- Bueno, bueno –Kazbiel respiró hondo y acabó con el batido-. ¿Ve la parada de autobús allí enfrente?
Observé, al otro lado de la calle, una parada de autobús llena de gente. ¿Por qué en esta maldita ciudad los autobuses siempre están rebosando?
- Sí. ¿También les va a leer la mente a ellos?
- No, haré que el próximo autobús se desvíe, no pueda frenar y choque contra la parada. ¿Le parece suficiente?
Enarqué las cejas, sorprendido. Miré al tipo tan raro que tenía delante y luego a la parada. ¿Y si este chiflado tenía razón? Peor aún, ¿y si no la tenía pero por una estúpida casualidad el autobús no frenaba a tiempo y se llevaba a la gente por delante? ¿Quién le aguantaría ahora? Además, no me pagaban suficiente como para llevar esas muertes sobre mi conciencia.
- No, no lo haga.
- ¿Ve? Ahora ya cree en mis poderes.
- Sí, seguramente. ¿No le importa que vaya al servicio?
- No, en absoluto.
De verdad tuve a intención de irme por la puerta y tirar este odioso trabajo a la basura. ¿Por qué hay tantos pirados en el mundo? ¿Y por qué todos están a mí alrededor? Sin embargo, fui al servicio y me mojé la cara abundantemente. No podía permitirme perder otro empleo. Hubiese sido un paso fatal. Me di ánimos. Qué poco efecto tuvieron.
Al salir vi al tal Leonardo observando con ojos viciosos a una de las camareras. Me senté de nuevo, más quemado que el cenicero de un bingo.
- Sigue sin creerme, ¿no? –Leonardo se volvió hacia mí, con sus ojos saltones
y su extraño rostro.
- Bueno, le dije que no soy experto en demonios. Pero no mate a nadie para confirmármelo. Prefiero creer en usted.
Leonardo meneó ligeramente la cabeza, en un gesto de compasión.
- Ustedes los humanos han hecho de creer en las cosas un tema de obligación. Uno no cree porque quiere. Uno simplemente cree. No puedes elegir creer. La fe, amigo, está muy sobrevalorada. Un invento más de la Iglesia. Le propongo un trato.
Estaba dibujando yo una calaverita en una esquina de la libreta.
- ¿De qué se trata?
- Observo que se encuentra usted algo desganado. Supongo que odia este trabajo. Los trabajos los inventó Dios. Casi todo el mundo odia trabajar.
- Me propone hacer un trato con el demonio. ¿Va proporcionarme riquezas a cambio de me alma inmortal?
“¿Donde hay que firmar?”.
- Ja, ja, ja –su risa fue más comedida esta vez-. No, ¿qué vamos a hacer nosotros con su alma? ¿Cree que las coleccionamos, o que nos dedicamos a caldearlas en el infierno por el resto de la eternidad? ¿Haría usted un trato conmigo si a cambio le doy, por ejemplo, mi bazo? Nosotros no tenemos nada en contra de la humanidad. Además, el mito del infierno como castigo para los hombres lo inventó la Iglesia. El infierno se hizo para encerrarnos a nosotros, no a ustedes. Por eso estamos en la Tierra. ¿Cree usted en que alguien dé su alma inmortal por pasar ocho años en la Tierra con riquezas infinitas cuando, teóricamente, en el Cielo le espera lo mejor de lo mejor
durante toda la eternidad, amén?
- He visto gente para todo.
- Pues olvide esa idea, por favor –de nuevo pareció indignado-. Los ángeles caídos no queremos las almas de los humanos. Sólo porque no estuviésemos de acuerdo con Dios no somos seres sanguinarios dispuestos a pervertir a vírgenes, a santurrones y a engañar a la gente. El mito del Cielo, como el del Infierno, es mentira. Hemos tenido muy mala prensa durante mucho tiempo. Y por cierto, lo de la parada de autobús era mentira. No pensaba hacer eso. Sólo quería saber si usted estaba dispuesto a que yo lo hiciese.
- Y si no quiere mi alma ¿Qué quiere? Y sobre todo ¿Qué propone?
- Primero, debe saber que eso de irse al infierno es falso. Tampoco irá al Cielo. Los budistas tienen razón: Los seres humanos se reencarnan. Quizás pase un tiempo en el Limbo antes de volver aquí, pero tarde o temprano volverá a nacer. No es tan malo si lo piensa.
- No me gustaría reencarnarme en una cucaracha por pactar con el diablo.
- No lo hará. Pactar con nosotros no es más malo que ser comunista, religioso, votar en las elecciones o comprar libros por catálogo.
- Vale. Aceptando eso. ¿Qué gano yo con esto?
- Pues le aseguro que saldrá del pozo en el que se encuentra. Es más, le aseguro que podrá estar trabajando en lo que le guste y con bastante holgura. Y si acepta, las cosas empezarán a cambiar en un breve plazo. Obviamente, puede elegir intentarlo por su cuenta, pero eso no le asegura el éxito, como tampoco la inmediatez del mismo.
- ¿Y qué doy yo a cambio? –pregunté. De alguna manera, aquel tipo había conseguido despertar algo de interés en mí. Debía ser la falta de sueño.
- Pues de momento nada. Usted podrá permitirse probar nuestra oferta durante un par de años. Luego, alguno de nosotros le buscará y le preguntará si quiere devolvernos el favor. Nada engorroso por supuesto, nada que vaya a hacerle pasar un mal rato. Se lo prometo. Si acepta, pues seguirá viviendo como le digo. Si no, podrá volver a su vida normal. Sin compromisos.
- ¿Me permitirán vivir una vida lujosa y llena de mujeres y riquezas materiales durante un par de años y luego me pedirán que sacrifique a mis vecinos o profane algunas tumbas? –inquirí, con una sonrisa torva en los labios, sopesando la posibilidad de entregarme a Satanás.
- No, ninguna de las dos cosas. No le voy a dar riquezas. No tendrá nunca un jet privado, al menos por nuestra cuenta. Si usted lo consigue será cosa suya y yo me alegraré por usted –Kazbiel se rascó el mentón, mientras entornaba los ojos-. Pero tampoco le pediremos que haga misas negras. Ya hay gente que lo hace ¿sabe? Y no tienen nada que ver con nosotros. Con los demonios, me refiero. Sólo nos interesa tener gente de nuestro lado, convencer al mundo que no somos los malignos corruptores de la humanidad.
- ¿Se trata de una guerra encubierta? ¿Un gran tablero de ajedrez en el cual dos fuerzas antagónicas hacen sus movimientos con perspectiva de siglos por el dominio total del planeta? –recurrí a todos los tópicos que recordaba.
- Puede pensarlo así, pero oiga ¿eso no sale en la contraportada de algún libro? –dijo, mientras pedía la cuenta-. Piénselo. Otros ya lo han hecho, y no les ha ido nada mal.
“Mira a Fausto” me dije.
- Como por ejemplo...
- De los que siguen vivos no puedo decirle nada…
- Ya, sería como violar la confidencialidad demonio-humano.
- En efecto. Pero sobre los muertos… ¿Conoce al músico de blues Robert Leroy Johnson? –negué con la cabeza-. Vale, iremos a nombres más conocidos. ¿Qué le parece Nicola Tesla, Galileo Galilei, Francis Bacon, Martín Lutero…?
- ¿Martín Lutero? Vaya, yo pensé que…
- Sí, supongo que usted es otra víctima de la visión judeocristiana del mundo. Pues si quiere que le diga la verdad, y es consciente de que manejo información privilegiada… Gracias –miró un segundo a la muchacha que acababa de dejar un platito con la cuenta encima-. Como le decía, la religión Cristiana es una farsa. Todas las religiones lo son, en mayor o menor medida, pero ninguna acierta al cien por cien. Ni mucho menos. Hay algunas que dicen ciertas cosas que sabiendo la Verdad, con uve mayúscula, hacen que te de la risa.
- Entonces Jesucristo…
- Jesucristo no era el hijo de Dios. No sé como ustedes los humanos se han tragado eso del Dios del Amor. ¿No ha leído el Viejo Testamento? ¿A qué psicólogo fue Dios para dejar de ser el Dios vengativo de los hebreos para convertirse en el Dios pacifista del mundo occidental? Y lo de la Iglesia es harina de otro costal. ¿Recuerda lo que le hicieron los sacerdotes del templo a Jesús? ¿Qué cree usted que pasaría si ahora viniese Jesús, suponiendo que fuese real, y comenzase a propagar su mensaje? ¿Cree que prohibiría el uso del preservativo? ¿Qué condenaría a los homosexuales? ¡Hm! –dijo, mientras empujaba la cuenta hacia mi.
Leonardo se puso en pie, respiró profundamente y me miró a los ojos. Extendió la mano derecha y apagó la grabadora.
- ¿Qué me dice? ¿Firma o no?
Torcí el labio mientras pensaba. ¡Qué demonios!
- Vale, acepto –dije.
Orientó su mano hasta la mía y nos dimos un buen apretón.
- Dos años, amigo. Nos volveremos a ver.
Luego salió del café. Le vi andar por la acera hasta el paso de cebra, esperar algunos segundos y cruzar cuando estuvo en verde. Se detuvo en la parada y aguardó unos minutos hasta que llegó el autobús. Ni una sola vez miró hacia dentro del café. Yo permanecí allí varios minutos más, pensando en lo que había hecho. Consulté mis notas y guardé la grabadora, después de
pagar la cuenta. Sonreí al salir a la calle. Aún tenía que entrevistar a tres tipos más.

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