sábado, enero 06, 2007

La Senda del Ronin (y II)

[Viene de La Senda del Ronin (I)]

El día era tan caluroso como el anterior. La primavera había llegado cargada de fuego y los tórridos rayos del sol caían como una deslumbrante cascada de llamas. Hideki caminaba por el lindero del camino, cuidadoso de no interponerse en la trayectoria de ninguno de los carros que transitaban en dirección a la capital de la región. Muchos comerciantes esperaban ansiosos estos días para vender sus productos en las plazas y mercados de las ciudades más importantes. Hideki pudo ver también muchos ashigarus, los soldados del Daimyo, vigilando las carreteras.
Los pasos del ronin atravesaron algunas aldeas que habían crecido a la luz de la poderosa capital de la región. Los cerezos se encontraban en flor y sus hojas sonrosadas teñían la vista. En otro tiempo eran un símbolo de felicidad para Hideki, pero ahora, y desde hace muchos años, eran sólo un indicativo de que un año más había pasado y para él aquella espera era sólo una condena.
Finalmente, la empedrada carretera alcanzó Mokoe, la capital de la región. Unas blancas murallas vigiladas desde las almenas la rodeaban. Sobre ella, al viento, los pendones y estandartes del daimyo y el shogun. El bullicio de miles de voces se multiplicaba en cada esquina. Comerciantes vendían sus mercancías a pleno pulmón y entre ellos, cientos de hombres y mujeres caminaban de un lado a otro. A veces, una aglomeración de gente significaba que un grupo de artistas errantes estaban realizando su representación o que algún monje estaba filosofando para las masas.
Hideki trató de evitar las vías más transitadas y se dedico a vagabundear para familiarizarse con la ciudad. Estuvo en ella una vez, pero el recuerdo, como tantos otros, pertenecía a otro hombre. Pronto, muy pronto, encontraría al hombre que le arrancó la misma vida, años atrás. Y notó como una extraña sensación de libertad. Sabía que aquella ciudad iba a ser su tumba. Las blancas piedras que la formaban iban a recogerle al caer, formando su sudario inexpugnable. El pensamiento de su propia muerte renovó su vigor y sus pasos se hicieron más seguros y firmes, como si hubiese rejuvenecido hasta el mismo momento en que era un samurai. Sólo deseo, casi sin percatarse de ello, que su muerte fuese honrosa.
Aquella misma noche asistió como un espectador más a la representación de los artistas locales y presenció en los jardines que rodeaban al palacio del daimyo las figuras hechas en los setos y las
hermosas flores y lámparas en estuches de papel de colores que colgaban de las ramas de los árboles o discurrían como barcos en miniatura entre los riachuelos y estanques que poblaban aquel hermoso lugar.
Solo un par de veces tuvo que detenerse y tratar de pasar desapercibido, ocultando su bolsa de viaje, cuando los ashigarus rondaban los jardines. Sería catastrófico que le detuviesen por ir armado.
A la mañana siguiente, Hideki se encontraba sentado a la sombra de un cerezo, cerca de la fortaleza del Daimyo. Aquel día se celebraría un torneo de duelos, de disparo con daikyu, se recitarían haikus y habría obras de teatro kabuki por parte de los mejores actores de la comarca. Pero todo ello dentro de las murallas de la fortaleza del daimyo. Embajadores, cortesanos y samurais de todas las regiones habían venido, invitados a la fiesta del daimyo. Hideki estuvo observando, desde una prudencial distancia, el cortejo de cada uno de los nobles invitados, con sus estandartes al viento, sus samurais con las armaduras de gala. Era una procesión de colores llenos de orgullo e Hideki deseó poder estar entre ellos, con la barbilla alta, paseando como un hombre de honor ante los hombres y mujeres de aquella ciudad. Sonrió amargamente. Eso ya no sucedería nunca más de nuevo.
Cuando el sol se encontraba en lo más alto de su trayectoria celeste, Hideki distinguió uno de los pendones que flotaban como un furioso dragón por encima de las cabezas admirativas de la multitud que asistía al desfile. Respiró profundamente, llenando sus pulmones de aire, una, dos, tres veces. Se puso en pie y sostuvo en su mano la bolsa de arpillera que le había acompañado, como compañera y muda testigo de su desolación durante muchos años. Allí estaba aquella señal llena de vergüenza. Por un momento la imaginó manchada de sangre, goteante y hecha jirones, apolillada por el deshonor y la infamia. La había visto antes muchas veces, pero ahora, allí, sabía que el causante de su caída se encontraba cerca de ella. Sus pasos descendieron lentamente la suave ladera herbosa que le llevaba hasta la calzada donde discurría la procesión. Se sentía ligero, como si tuviese alas en los pies.
La gente que observaba a los nobles samurais, a los embajadores con sus séquitos, formaba un muro humano de cuerpos y cabezas. Hideki se colocó entre ellos, sin perder de vista un instante aquella oriflama de colores azules, malvas y blancos. En ella se distinguía un tigre en posición de ataque. Por delante de aquel cortejo observó a los ashigarus, vestidos como para la batalla, portando todos ellos yaris y con los sashimono en la espalda. Hideki se infiltró como un curioso más entre la masa, paso a paso, discretamente, hasta quedar en la segunda fila de curiosos. El paso marcial de los ashigarus resonaba contra la piedra del suelo. Se movían con total coordinación, como si hubiesen preparado seriamente aquella cabalgata. Por detrás de ellos discurrían tres hileras de jinetes con arco. El ronin metió la mano, con la cautela de una serpiente al cazar, lentamente, silenciosamente.
Sus gestos no fueron apreciados por nadie. Su mano callosa sostuvo la empuñadura de su katana y el tacto le transmitió una descarga de adrenalina.
Cuando pasaron los jinetes, Hideki distinguió una suerte de carroza abierta, forrada de plata y tirada por dos garañones blancos de largas cabelleras. Un estandarte azul se encontraba al final de una vara de madera. Y entre el suelo de la carroza y el pendón, un hombre, ataviado con una noble armadura de samurai lacada de azul y banco. Los cordones de su armadura eran brillantes y bajo su brazo, apoyado contra el costado, se encontraba un casco ornamentado con cuernos y cubierto su frontal con una deformada máscara, hecha para inspirar el temor de los enemigos. Hideki tensó sus labios en una torva sonrisa. Allí estaba, después de tanto tiempo. Su rostro era más viejo, su cabellera se había llenado de canas, pero supuso que él también había cambiado mucho. Sin embargo, pese al velo de los años, era la misma faz orgullosa, los mismos ojos mentirosos. Hideki dejó caer su bolsa de arpillera, ya vacía.
La cabalgata era enorme. Cientos de ashigarus, cientos de bushis, toda una muestra de poderío militar. Discurría por las calles del barrio alto, ante la atenta mirada de los que allí se encontraban. La cabalgata estaba formada por las comitivas de los invitados a la fiesta de la primavera del Daimyo. Yamaga Rie se encontraba allí, bajo el sol, con el rostro alzado, orgullosa. El mismísimo Daimyo había decidido participar en el cortejo, cerrándolo. De pronto, una turbulencia azotó a las columnas de samurais. Un súbito silencio seguido de un griterío oneroso, alaridos y chillidos se oían desde la parte frontal de la comitiva. Los samurais tardaron en reaccionar un segundo y corrieron hacia el foco de aquella algarabía. A empujones, apartaron a la multitud que se había concentrado en el núcleo del clamor, justo frente a los jardines que rodeaban las murallas del palacio. Bajo las botas de los samurais eran aplastados los pétalos caídos de los cerezos. Rie empujó a un hombre que se encontraba delante de ella, lanzándolo a un lado. Con los codos pudo llegar hasta el anillo que los samurais del Daimyo habían formado. En el centro, la argéntea carroza estaba teñida de carmesí, como si una tromba de sangre hubiese llovido sobre ella. El Daimyo se encontraba tendido a un lado, sobre la barandilla del carro. O más bien su cuerpo. Su cabeza había rodado sorprendentemente lejos y observaba, ciega y deformada, la postura de su propio cadáver. El corazón se le congeló en ese instante a Rie y por su mente pasó un pensamiento demente y veleidoso al ver el casco del Daimyo sobre la carroza. En el suelo, abatido a lanzazos y golpes de katana, se encontraba un hombre, cuyas ropas eran de un color absurdamente bermellón. Su mano sostenía aún una katana, impregnada de sangre. Rie cayó sobre sus rodillas al ver aquel rostro y reconocerlo.
La samurai-ko tuvo que reprimir el torrente de pensamientos que se agolpaban en su cabeza, uno tras otro. Sólo golpeaba en ella, con la constancia del martillo de un herrero, las palabras de venganza de Hideki. Por un momento sostuvo la idea de la venganza, de convertirse en una ronin
como hizo él, pero comprendió, solo un latido de su acelerado corazón después, que ya no había nadie de quien vengarse. Aún de rodillas extrajo su wakizashi de su funda. Lo miró. Brillaba su hoja pulida bajo el sol, pero a la vez reflejaba la sangre que encharcaba la calzada. Recordó sus propias palabras: “¿Qué fuerza a un hombre vivir en la deshonra?” Al instante disipó todas sus dudas acerca de los ronin.

Samurai_Jin_by_inshield

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