miércoles, enero 03, 2007

La Senda del Ronin (I)

kono michi ya

yuku hito nashi ni

aki no kure


Era un día tórrido. El viento apenas se dejaba notar desde las montañas y en el valle, el sol golpeaba con fiereza, agostando a quienes se veían obligados a someterse a su brillo perenne.
Una aldea se encontraba a la orilla del río que surcaba el valle. Un pequeño conjunto de casas blancas de piedra formaban un núcleo alrededor del cual se encontraban las más humildes viviendas de madera y caña. Bajo la exigua sombra que arrojaba el alerón del tejado de una de las casas del extrarradio se encontraba un forastero. Sus ropas decían de él que era una persona pobre, quizás un mendigo o quizás algún monje en peregrinación, pero daban por sentado que su bolsa no estaba repleta de monedas. Se cubría la cabeza con una jingasa y su equipaje podía llevarlo en sólo una mano.
El forastero había llegado esa misma mañana y había comprado con sus últimas monedas algo que llevarse a la boca, una calabaza llena de sake y el trabajo de uno de los zapateros del pueblo, al que le pidió que reparase sus gastadas sandalias.
Desde su posición, el extranjero observó como una comitiva llegaba al pueblo montada en caballos. Vestían los ropajes nobles de los samurais y llevaban al frente el estandarte del daimyo de estas tierras. Pasaron como un trueno por la calle principal, levantando una nube de polvo seco tras los cascos de sus monturas. Finalmente, se detuvieron frente a una de las casas altas de la ciudad, dispuestos a exigir asilo en ella, tal y como disponían las leyes. Bajo su amplio sombrero, una tirante sonrisa se dibujo en su curtido rostro. Al caer la tarde, sus pasos le dirigieron a la casa del zapatero. Recogió sus sandalias y se encaminó a la posada para pernoctar.
Las mejores habitaciones habían sido tomadas por los samurais por orden del gobernante del pueblo. Todo lo que pudo conseguir fue un chamizo donde se guardaba el grano.
Cuando la luna apareció sobre el cielo limpio del pueblo, el forastero se encontraba aún despierto, sentado con las piernas cruzadas frente a la entrada de la que iba a ser esta noche su casa. Observaba el río discurrir riendo entre las rocas, sinuoso como una serpiente de plata, hasta perderse en los bosques tras los cuales estaba el castillo del daimyo. Su mente comenzó a derivar hacia un pasado en el cual él hubiese dormido en un lecho confortable y no como un animal. Una época que se le antojaba remota, como si perteneciese a la vida de otra persona y de la que sólo retazos de recuerdos consiguiesen llegar hasta él. Sus sentidos le alertaron de una presencia en el patio de la posada. Con discreción sujetó la empuñadura de su katana, oculta en una bolsa de esterilla. Ladeó la cabeza lo suficiente como para ver a uno de los samurais del daimyo, con sus ropas azules y blancas, justo en la puerta del patio. Decidió que no iba a moverse de allí. Era lo mejor si quería pasar completamente desapercibido, aunque sus deseos le impulsasen a retirarse a dormir.
El samurai permaneció en silencio unos segundos, quieto como una estatua, y luego avanzó hasta situarse a unos metros del forastero.
- Levanta –dijo una voz, que resultó sorprendentemente femenina. El forastero se demoró unos segundos. Luego, se incorporó, sin mirar de frente a la samurai-ko.
- No eres de este pueblo –dijo, con cierta prepotencia en su voz, que parecía demasiado joven-. Y no eres un monje. Di entonces quién eres.
- Soy un viajero. Mi nombre es Hideki. La mujer le contempló durante un tiempo, durante el cual Hideki sólo miraba a sus pies. Observó que la katana de la samurai-ko permanecía en su funda y que sus manos se encontraban a ambos lados del cuerpo, en una postura algo forzada.
- Descúbrete ante mí –ordenó. Hideki tragó saliva, tratando de mantenerse frío. Sus manos agarraron su sombrero y lo quitaron de su cabeza. La mujer entonces observó el rostro del viajero, moreno por incontables días de camino y envejecido. Unas arrugas profundas nacían alrededor de sus ojos, en su frente y en las comisuras de sus labios, y aún a la luz de la luna, resultaba evidente que no eran las arrugas de alguien acostumbrado a reír. Fue entonces ella quien tragó saliva. Por alguna extraña razón, un súbito sentimiento de respeto atenazó su espíritu.
Hideki levantó el rostro por primera vez para escudriñar a la joven samurai-ko que se encontraba frente a él. Ella era un palmo mas baja y su rostro era pálido como la mismísima luna. Poseía carácter en sus facciones, aunque se notaba en ella la fragilidad de una niña aún.

- ¿Eres un samurai? –preguntó ella, por fin.

- No. Lo fui en otro tiempo, hace muchos años.

Comprendió al momento de lo que le estaba hablando.

- Eres un ronin.
Hideki asintió. No deseaba hablar de aquello que le convirtió en el paria que era, pero dentro de sí notó un perentorio deseo de conversar. Hacia mucho que no cruzaba una palabra con nadie. Vacilante, dejó que fuese el destino quién decidiese por él.

- Yo soy Yamaga Rie, de la familia Yamaga y mi señor es el daimyo de estas tierras.

- Lo sé. He visto el estandarte esta mañana y todavía puedo reconocer los símbolos de vuestras ropas –dijo, con una acidez mayor de la que deseaba.

La joven Yamaga Rie miró a los lados, dubitativa. Era la primera vez que se encontraba con un ronin. Aquel hombre antes había seguido el glorioso camino del samurai, se había regido por el bushido y había llevado el honor en cada una de sus acciones. Pero algo le alejó de la senda iluminada. Sabía que era una persona que debía ser despreciada por su deshonor y que sólo la cobardía le había llevado a sobrevivir en un estado tan lamentable, en lugar de enfrentarse con orgullo a la muerte. Pero a la vez sentía curiosidad. Una curiosidad juvenil. ¿Qué fuerza a un hombre a vivir en la deshonra?

- ¿Qué te pasó? –preguntó-. ¿Cómo llegaste a ser un ronin?

- Mi señor murió y yo no pude defenderle.
Fue evidente que la contestación no dejó satisfecha a la muchacha. Ella torció el gesto.
- Puedes sentarte, Hideki. Cuéntame lo que pasó. Por favor.

Hideki se sentó donde estaba, colocando su katana a la derecha. Ella sonrió ligeramente al ver el signo de confianza del ronin. Ella aceptó sentarse junto a él. -
Yo era un fiel seguidor del bushido. Observaba todas las virtudes del samurai…

“Onsha, Shiki, Doryo, Eudo” repasó mentalmente Rie.
- Mi señor era el daimyo de otras tierras, distantes por muchas jornadas de camino de aquí. Luché siempre por mantener limpio el honor y el glorioso nombre de mi señor, y fui ascendido a su guardia personal. Sin embargo, llegó el día de mi desgracia. Mi señor fue invitado por otro daimyo a la fiesta de la primavera. Cabalgamos durante dos semanas hasta las tierras de ese daimyo. La fiesta fue agradable, duró varios días y nuestro señor tuvo la oportunidad de presenciar las obras de muchos artistas y de arreglar negocios con su anfitrión. Pero a la vuelta, nuestro séquito fue asaltado por unos bandidos. Caímos en una emboscada y nuestro señor fue asesinado. Mis compañeros y yo luchamos hasta el final, pero no pudimos salvar su vida –Hideki se dio cuenta que ya no sentía nada al contar eso. Había vivido tantos años con ello que la voz no le temblaba ni su ira se levantaba-. Cuando los bandidos se retiraron, mis compañeros y yo nos dirigimos a la fortaleza de nuestro señor, a comunicar lo sucedido. Allí ellos cometieron el seppuku.

Rie oyó en silencio, pero con los ojos muy abiertos, el relato del ronin.

- ¿Por qué no cometiste seppuku?
Hideki miró al suelo, casi avergonzado. Luego recordó lo que le impulsó a seguir vivo, aun deshonrado. Dudó sobre cuanto debía contarle a aquella joven.

- Mi vida pertenecía a mi señor y sin él ya mi vida no valía nada. Cuando mi señor murió, con él murió mi honor y mi nombre, que ya no será recordado. Mis antepasados no me recibirán entre ellos, porque mi brazo fue lento y débil y mi astucia, inútil. Pero aunque yo viva y muera en el deshonor, la muerte de mi señor debía ser vengada. Aquellos que osaron levantar sus brazos contra él debían probar el sabor de la misma muerte. Y a eso me he dedicado durante todo este tiempo.
- ¿Has vengado la muerte de tu señor?

- No del todo –dijo, con repentina tristeza en su voz quebrada-. Si así fuese, no me contarían ya entre los vivos.

- ¿Y qué te ha traído a estas tierras? ¿Acaso los bandidos se refugian en nuestras montañas?
Hideki rió de pronto con brusca hilaridad. La muchacha se sintió algo ofendida.
- Discúlpame, Yamaga-sama. No son mis intenciones agraviarte ni ofenderte –dijo, con sinceridad-. No. Los bandidos murieron por el filo de mi katana hace ya mucho. Sin embargo, su acción no fue casual. Conocían nuestra trayectoria, conocían nuestras fuerzas y sabían como atacarnos. Un samurai se encontraba tras ellos. Su vergonzosa acción mató a mi señor y arrancó el honor de mis compañeros y el mío propio. Ese hombre hizo negocios con mi señor en la fiesta de primavera. Unos negocios ventajosos que la muerte de mi señor aumentó. Muchas tierras y mucho oro pasaron a sus arcas. Él contrató a los bandidos para que nos atacasen y asesinasen a mi señor. Muchos años he necesitado para saber esta verdad y muchos años he perseguido a esa ruin sombra de hombre.
Rie estaba boquiabierta y estuvo así hasta que se dio cuenta de que el ronin había dejado de hablar y que le estaba mirando de soslayo. Trató de recomponerse e inquirió:

- ¿Y ese hombre se encuentra aquí?
Hideki esbozó un asentimiento, pero no dijo nada más. Observó la silueta de las casas de los campesinos bajo la escarchada luz de la luna y el río, siseante, descendiendo hacia las tierras bajas.

- Se va a celebrar la fiesta de la primavera –dijo, confiando en la discreción de aquella muchacha. Hacía mucho que no hablaba con nadie y creía que había perdido la satisfacción de compartir las palabras con otro. Sin embargo, se encontró confesándole su futuro a aquella desconocida-. Él
estará en la capital durante las fiestas. Allí encontraré mi destino.
Rie hundió sus ojos en el suelo. Rumió durante algunos minutos lo que le había contado aquel viejo ronin y lo que significaba para él el honor. Había decidido despreciarse a si mismo, convertirse en un paria, para buscar la venganza de aquel que mató a su señor. Pero ¿Era la venganza un acto propio de un samurai? ¿Redimiría aquella muerte el fallo de Hideki? Y a quien se disponía a matar era un samurai ¿Debía dejar que aquel deshonrado tratase de matar a un samurai? Tras el largo silencio, Rie alzó de nuevo su mirada. Había decidido que fuesen las fortunas quienes decidiesen por ellos. Ella no quería ser la jueza de la disputa. El honor perdido por Hideki y el crimen de otro hombre al que no conocía no le incumbían y es posible que ya hubiese hablado más de la cuenta con él. Se levantó y observó a su interlocutor, que se hallaba aún sentado, con las piernas recogidas. El viejo alzó su rostro y en ellos hubo un brillo feral.

- Bien, Hideki. Si la justicia te asiste, que las fortunas guíen tu brazo –murmuró, a modo de despedida. Se inclinó ligeramente y se dio la vuelta.
Dos pasos después se paró. Sin girarse preguntó:

- ¿Qué harás si encuentras a ese hombre y consigues matarle?
- Si así sucede, ya no me quedará nada por hacer en esta tierra –Hideki se había puesto en pie.

Yamaga Rie comprendió. Sin decir nada más, se marchó hacia elinterior de la posada.

[Continua en La Senda del Ronin (y II)]

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