martes, febrero 13, 2007

Wow

Spaceship_by_Ark221

La proclama había llegado a todos los rincones de la galaxia, a todos los rincones habitados. Muchos nuevos emprendedores, los colonos, se habían decidido a probar fortuna con ello y abandonaron lo que allí tenían para lanzarse a la aventura de permitir la vida en un nuevo planeta. Junto con los pequeños grupos y los osados individuales, grandes compañías mercantes habían proyectado participar en el concurso-oposición después de revisar largamente los pros y contras de la participación.

El concurso-oposición había sido anunciado con cinco años estándar de anticipación, con el sano fin de permitir a todos aquellos dispuestos a enfrentarse a semejante reto la opción de sopesarlo todo bien y, en caso de decidirse a participar, atar todos los cabos y reunir la cuantiosa suma de dinero que requería la inscripción en el concurso. A cambio, aquel que surgiese vencedor, tendría los derechos exclusivos de explotación y población del planeta seleccionado por un periodo de hasta 50 años estelares, además de un 5 por mil de los beneficios de explotación que, una vez sobrepasada la licencia de 50 años, vendiese la Comisión a terceros, durante un total de 150 años estelares estándar.

Una bicoca de semejante proporción no se había presentado en la Sociedad desde hacía varios siglos. Últimamente, los rincones de la galaxia explorados no habían dado nada más que lugares inhóspitos y áridos, donde nadie ni nada podría sacar un simple aminoácido. Por lo tanto, las licencias se habían limitado a contratos de explotación minera y astropuertos volantes.

Todo estaba así, hasta que los exploradores llegaron hace 9 años desde aquel lejano rincón de la galaxia espiral con noticias de un nuevo mundo lleno de posibilidades. Los informes eran especialmente alentadores respecto a varios planetas del mismo sistema. Había desde planetas especialmente ricos en materias primas de primera necesidad hasta planetas que podían suscitar nuevas colonias habitables.

La Comisión estudió el informe de los geólogos, astrobiólogos, físicos, químicos y demás expertos durante varios meses y el asunto llegó a manos del Arconte general, quien decidió impulsar la economía de la Sociedad promoviendo el Concurso-Oposición. La cifra que exigían como simple paso previo a la inscripción parecería desorbitante, y de hecho lo era, pero el Arconte general se había cuidado bien de difundir rumores, más o menos ciertos, durante los cuatro años siguientes, con el fin de levantar a la vez expectación y ambición en los posibles candidatos. Y no le salió mal la jugada. Las previsiones más optimistas de participación fueron desbordadas y no se había visto una migración de tal escala hacia la capital de la Sociedad desde hacía siglos estelares. Tanta fue la afluencia de participantes y de curiosos, desde simples turistas a universidades enteras, que la Sociedad se vio obligada a habilitar varios astropuertos y algunas lunas como hoteles. Por supuesto, todo bien pagado a su justo precio. Llegó el primer día del Concurso-Oposición. Miles de funcionarios fueron movilizados para atender a cada uno de los participantes. La organización había decidido plantear las exposiciones durante un total de 21 días locales, o lo que es lo mismo, 118 días estelares estándar, en los 318 pabellones destinados a ellos, con capacidad para millones de individuos, en los 3 continentes del planeta.

Ese primer día se presentaría la Sociedad ProBio, famosa por la creación de vida mutante capaz de adaptar las condiciones de los planetas en pocos años a las deseadas. Sus habilidades no habían pasado desapercibidas y justamente se habían ganado un puesto predominante en el sector de la rehabilitación planetaria. Su planteamiento era bien sencillo: Una vez estudiadas las características del planeta en cuestión, se diseñaban una serie de microorganismos que durante un determinado espacio de tiempo se encargarían de cambiar las condiciones medioambientales del planeta. Este aporte microorgánico sería por supuesto acompañado de las intervenciones macroscópicas que fuesen necesarias: Filtrados atmosféricos, introducción de agentes químicos en el plantea, etcétera.

La propuesta de la ProBio fue aclamada por el numeroso público asistente y en los proyectores tridimensionales se podían ver con todo lujo de detalles el efecto de las explicaciones. Luces holográficas llenaban el pabellón, mostrando cada uno de los pasos a seguir y los modelos previstos por los matemáticos e ingenieros.

Cuando la exposición hubo terminado, los ingenieros de la ProBio dejaron la documentación a los jurados de la Comisión y se retiraron, contentos y convencidos de que su proyecto era el más firme candidato y que en pocas semanas podrían ponerse verdaderamente manos a la obra en aquel mundo lejano.

Durante las semanas siguientes, las exposiciones se fueron repitiendo en los tres continentes. Miles de teorías y proyectos, de mayor o menor grado de realismo, se presentaron ante los jurados de la Comisión. Los teleproyectores informaban a todas horas de los avances y de las últimas noticias a todos los seres del planeta. Finalmente, llegó la hora cerrar el tiempo de exposiciones. El jurado

se reuniría durante algunas semanas para preparar su fallo. Pocas fueron las empresas que abandonaron el planeta. En el fondo todas esperaban que su proyecto fuese el elegido y así colonizar privadamente un nuevo mundo. Por fin, tras 25 días estándar de deliberación, el jurado anunció que fallaría en dos días. El lugar indicado, la Sede de la Sociedad. Los rumores corrieron como la pólvora. Cada segundo un nuevo participante era declarado vencedor por este o aquel grupo de noticias. El jurado fue apartado oportunamente para evitar ninguna filtración.

Dos días después, la mitad de los astroemisores apuntaban a la Sedede la Sociedad. La retransmisión sería percibida en todos los hogares del sistema. Incluso los astropuertos más lejanos recibirían la señal gracias al novedoso método de emisión que permitía reducir enormemente el tiempo de viaje de las ondas y el fade-out.

La sala de conferencias estaba atestada. No cabía ni un átomo más en ella. Desde afuera, a través de las gigantescas ventanas, varias plataformas flotantes habían sido dispuestas para permitir a la prensa montar sus unidades. El silencio se hizo absoluto cuando el Arconte general apareció respaldado por sus ayudantes y demás miembros del Consejo. A la hora prevista, el Arconte tomó asiento y observó con cierta displicencia a los congregados. El portavoz del jurado esperó a que sus compañeros estuviesen sentados en unos escaños especialmente diseñados para ellos. Cuando la voz del portavoz comenzó a hablar, los nuevos teraimpulsores de señales funcionaron a toda potencia. La señal llegaría a todos los rincones de la Sociedad en pocos minutos, o en pocas horas a lo sumo, en los bordes de la misma, lo que era una reducción exponencial del tiempo de viaje normal.

La decisión fue, en parte, una sorpresa. Aunque los vencedores ya habían entrado y salido de las apuestas muchas veces, no eran los favoritos oficiales de la prensa y de sus expertos contratados especialmente para el evento. Se trataba de un proyecto encabezado por un trust de pequeñas empresas biogenéticas que contaban con el patrocinio de una conocida compañía de astronáutica. El problema había sido resuelto de manera inteligente. El riesgo principal era que las criaturas que habitaban el planeta eran hostiles a la colonización. La solución era, por supuesto, acabar con ellas. Cada opositor había propuesto una solución a ello, pero el procedimiento de los vencedores resultó original y eficaz. Agentes patógenos serían vertidos en la atmósfera del planeta, con el firme objetivo de reducir la fertilidad de las criaturas indígenas. En pocos años estándar, las criaturas desaparecerían naturalmente del planeta, al no poder perpetuar su especie. Los agentes estarían creados específicamente para dañar únicamente a los seres más peligrosos, sin dañar el resto de la fauna y la flora. Una vez desaparecido el escollo principal, las condiciones del planeta serían las idóneas para la colonización. Y disparar un solo cañón. Según los cálculos realizados por los biólogos del trust, la periódica emisión de los esterilizadores en la atmósfera podría acabar con el problema en menos de 14 años estelares estándar. Esto daba un margen de explotación de 36 años. Además, el descenso de la natalidad sería tan vertiginoso que no podría ser resuelto antes de que sucumbiese la última criatura de su especie: Aquel planeta no se encontraban en condiciones aún de poder reproducir masivamente a individuos de manera artificial. Y esta aparente naturalidad del fin inminente de la especie tenía otra ventaja frente a la confrontación directa: El planeta no sería destruido ni por unos ni por otros. La conocida agresividad de los sujetos de la especie en cuestión podía hacer pensar que si se enfrentaban a una invasión evidente, podrían ser capaces de detonar ingenios nucleares capaces de demorar la explotación y colonización del planeta sensiblemente.


El 15 de agosto de 1977, el radiotelescopio Big Ear, en la universidad estatal de Ohio, recibió durante algunos segundos una extraña señal ininteligible que no parecía corresponderse al ruido propio del silencio espacial.

2 comentarios:

Carlos de la Cruz dijo...

¡Mola!

Y en el Apocalipsis de San Juan dicen que cuando llegue el fin del mundo esto será anunciado por el hecho de que las mujeres dejarán de tener hijos (una de las causas de que el Vaticano se oponga al aborto).

Me ha gustado, ¡más, más!

Juzam dijo...

Me alegra que te haya gustado :)