martes, marzo 13, 2007

Nina (Parte I)

Esta es mi historia de amor. Supongo que todo el mundo tiene una, más interesante o aburrida, pero todo el mundo tiene una. Eso creo.
Conocí a Nina en una etapa bastante gris de mi vida. Acababa de estudiar historia del arte y había conseguido trabajo en una galería de mediana importancia de Londres. No era un trabajo que me gustase demasiado, pero se me daba rematadamente bien y conseguí que mi jefe me aumentase el sueldo tres veces en seis meses. Supongo que no es demasiado difícil, si muestras un poco de aplomo, convencer a alguien de que se lleve una obra de arte de un joven artista local que se revalorizará en pocos meses, especialmente si el comprador no sabe diferenciar a Mondrian de Kiefer.

A pesar de todo, los días pasaban de manera anodina. Los recuerdos de aquellos momentos son ahora para mi un borrón gris y me sería imposible poder decir con seguridad qué pasó durante esos seis meses. Nunca he sido una persona especialmente extrovertida, lo que sumado a que me encontraba en una ciudad nueva para mi me provocó cierta indiferencia por el mundo exterior. Cuando la galería cerraba, cogía un par de autobuses que me dejaban en mi piso alquilado, en East End. Mi vida extraprofesional se componía casi exclusivamente de libros y películas y sólo me relacionaba lo suficiente para comprar en las tiendas. Alguna vez los compañeros del trabajo me invitaron a tomar algo, pero sinceramente no recuerdo haber aceptado en más de un par de ocasiones.
Ahora que lo recuerdo suena un poco triste, pero yo soy feliz así. O lo era. O creía que lo era. No lo sé. Lo cierto es que todo cambió cuando llegó Nina.
Todo comenzó a mediados de marzo. Mi jefe, un tipo con bastante poco sentido artístico, pero una gran cabeza para los negocios, creyó que era una idea genial organizar una exposición a lo grande el día uno de abril. Supongo que si alguien salía descontento por lo que había comprado podríamos refugiarnos en el April Fool's Day. Mi jefe había decidido invitar a personajes medianamente famosos de la sociedad londinense, además de a algunos artistas. Quería que ese día estuviese preparado con mis mejores galas y discursos. Pocos días después, mi jefe, emocionado, me confirmó que el reconocido artista Arthur Longfellow iba a estar presente. Nunca supe cómo lo consiguió. Longfellow es conocido por ser un misántropo irremediable. No concedía entrevistas, no quería que le hiciesen fotos y prácticamente no se conocía nada de su vida más allá de sus obras. Sin embargo, la revista Times le había calificado como el Da Vinci moderno. Era lo que llaman un hombre del Renacimiento, un artista todoterreno: Pintor, escultor, arquitecto, músico. Su talento, unido a su carácter huraño lo convertían en una persona realmente despreciable. Cuando mi jefe me dijo que iba a venir sonreí y le recordé la fecha del evento. ¿Quién sabe si sería víctima de su propia jugada?
Llegó el día 1 de abril y allí estaba yo, en un traje modernamente elegante, según mi jefe, que él mismo me había comprado. La galería estaba llena de gente, muchos de ellos desconocidos para mi hasta hacía unas horas. Me había estudiado la lista de los asistentes confirmados para saber llamarles por el nombre, así como un par de anécdotas graciosas para dar conversación. En la entrada, junto a un cartel con el nombre de la galería en rojo, negro y oro, un nutrido grupo de periodistas fotografiaban a los artistas y especialmente a los famosos. Mi jefe, envarado y con sus deseos de protagonismo exudando por los poros, se colocaba muchas veces junto a ellos y posaba para las fotografías y las cámaras de vídeo estrechando manos, dando besos y recibiendo a todos como si fuesen amigos de toda la vida.
La atmósfera era ciertamente irrespirable. La galería estaba demasiado llena y en el aire flotaba una insalubre mezcla de perfumes caros que eran capaces de marearme. Hacía ya media hora que había puesto el piloto automático: Saludaba, andaba un rato con los invitados, contaba algún chascarrillo, una broma, me interesaba por los negocios o por la familia y dejaba la nota cultural sobre alguna obra al azar de las que teníamos expuestas. Por aquí y por allí, entre los invitados, una jóvenes que parecían sacadas de una escuela de modelos, paseaban bandejas con copas de champán y canapés.
Entonces se produjo una gran conmoción, seguida por el inconfundible sonido de las cámaras ametrallando fotografías. La fiesta quedó en suspenso durante unos instante, como si todos contuviesen la respiración. Un coche blanco, enorme y antiguo había aparcado en la calzada. Cuando la puerta se abrió observé a un hombre de unos cincuenta años, o quizás más. No levantaba más de un metro sesenta y estaba calvo, salvo por unos ralos pelos de color negro que crecían en la parte posterior de su cabeza. Se tocaba con un sombrero marrón y llevaba una chaqueta amplia y un bastón de caoba y plata. De su pequeño y regordete brazo pendía sin embargo una mano delicada, perteneciente a Nina. Esa es la primera vez que la vi y noté inmediatamente que el corazón se me detenía. Nina tenía la piel morena, olivácea tal vez. Vestía un traje de color blanco, con unos curiosos encajes y volantes. Su pelo, negro como el azabache, era ligeramente ondulado y parecía formar una aureola alrededor de su cabeza. Sus rasgos eran perfectos: Una nariz afilada y regia, una mandíbula firme pero delicada, labios serenos y carnosos, teñidos de carmín, unos ojos enormes de un precioso color verde, enmarcado en unas enormes pestañas. Sus cejas estaban arqueadas, como en un perpetuo gesto de asombro. Nina era más alta que su acompañante, y delgada, aunque poseía unas caderas amplias y una figura más bien voluptuosa. El resultado era una diosa andante, una belleza sin parangón, una perfecta mezcla de sensualidad e inocencia.
No tardé mucho más en darme cuenta que el tipo que acaba de entrar era el señor Arthur Longfellow. No había visto fotos suyas recientes, y solo lo recordaba por ciertas fotos de un libro de la universidad, en blanco y negro y unos 25 años más joven. Sentí cierta envidia por aquel hombre y su capacidad artística. Era un genio encerrado en un cuerpo que se marchitaba y la dicotomía entre la belleza que era capaz de crear y la belleza que mostraba me aturdió unos instantes. Mi jefe no tardó en recibirlo y estrecharle la mano, mientras los flashes seguían disparándose a un ritmo absurdo. Mi ojos pasaron a los de la chica. Ella observaba todo eso como si fuese algo nuevo, entre divertida y cohibida. Cuando llamaban desde algún lado para las fotos, ella miraba y sonreía, aunque podía notar que no estaba demasiado contenta con todo aquello.
Longfellow se quitó las gafas de sol y entró en la galería, asediado por los periodistas y escoltado por mi jefe. A las preguntas de la prensa respondía con monosílabos y gestos desvaídos de sus rechonchas manos. Las preguntas entonces se dirigieron hacia ella. La chica sólo sonreía y afirmaba o negaba con la cabeza, tímidamente. Era capaz de saber qué estaban pensando. Una chica guapa y un viejo rico. No había que hacer muchos cálculos para saber de qué iba el tema. Una suerte de prostitución elegante y lucrativa, un precioso cuerpo juvenil a cambio de una cuantiosa herencia. Eso me enfadó. De alguna manera, no creía que ella fuese capaz de algo así. Algo en su rostro, en sus gestos, me confirmaban que no ella no estaba con él por eso, pero ¿entonces por qué?
Mi jefe me hizo un gesto ensayado de antemano para que me colocase a su lado. Hice de parapeto entre los periodistas y Longfellow y tuve la oportunidad de apreciar más de cerca a la mujer que le acompañaba. Pese a los empujones de la prensa, las manos que saltaban por encima de mis hombros, o por debajo, armadas de micrófonos, a pesar de los focos de las cámaras, tenía una agradable sensación de calma. Me hallaba ¿cómo decirlo? Embelesado. Pude comprobar más de cerca a la joven. Llevaba un perfume discreto pero cautivador y la curva de su cuello me era visible desde mi posición. Al ser más alto que ella pude incluso contemplar su clavícula y parte de su escote y puedo asegurar sin miedo a equivocarme que ninguna muestra tan escueta de la piel femenina había podido jamás acelerar tanto mi corazón.
Finalmente, los periodistas llegaron a una barrera de la que no podían pasar. A nuestro alrededor el resto de los invitados murmuraban y sonreían a Longfellow que fríamente pasaba de ellos. Mi jefe hizo un par de presentaciones, a las que el artista respondió sin mucha consideración y luego me presentó a mi:
Y este es mi joven ayudante, un experto, pese a su juventud, en el arte, tanto actual como clásico.
Tendí educadamente mi mano, ligeramente ruborizado. Él me la estrechó y tuve la sensación de estar apretando la mano de un muerto: Helada y sin fuerza. Sin embargo, notaba en aquellos dedos cortos vibrantes una gran energía. Pude, durante el breve apretón, percibir las callosidades de unas manos acostumbradas a producir arte. Él no contestó. Casi ni me miró cuando le dije lo honrado que estaba de conocerle. Sin embargo, ella si que lo hizo. Me sonrió, amistosamente, como si de alguna manera compartiésemos un estado, una sensación, como si fuésemos cómplices de algo. Mi jefe me la presentó entonces. Nina, dijo. Yo estreché su mano y la noté cálida y suave. Creo que aún hoy día noto de vez en cuando esa calidez en mi mano.
Del resto de la velada no hay mucho más digno de mención. Mis comentarios no le parecieron ingeniosos ni inteligentes al señor Longfellow y pronto me vi dedicado a otros invitados. En algunas ocasiones, entre el mar de cabezas, creía distinguir a Nina aunque solo un par de veces cruzamos miradas sin demasiada trascendencia.
La fiesta fue un éxito y de ella se habló al día siguiente en los periódicos, revistas y televisión.

(Continua en Nina (Parte II).)

Fotografía por Everestelle, bajo licencia CC.

2 comentarios:

telemarkado dijo...

Confieso que he estado a puntito de pasar de esta entrada por lo larga que era pero... ¡¡¡segunda parte ya!!!

Juzam dijo...

Ahh, a veces las cosas buenas también vienen en frascos grandes ¿era así? ;P
Gracias por el comentario y por haberlo leído. La segunda parte próximamente...