jueves, marzo 15, 2007

Nina (Parte II)

Viene de Nina (Parte I)
Pasaron unas semanas, hasta los primeros días de junio. Yo me había pedido unos días de vacaciones para poder reposar mentalmente de mi trabajo. Sentía que mis días en la galería estaban llegando a su fin. Ni siquiera un alma anodina como la mía puede permanecer indefinidamente en medio de algo tan poco gratificante. Había conseguido dinero, lo suficiente como para permitirme buscar un trabajo con tranquilidad y había pensado volver a casa durante una semana antes de plantearme seriamente mi futuro.
Me encontraba a medio día en una cafetería en el East End, a un par de manzanas de Trafalgar Square. El día era soleado, de modo que me senté en la terraza y me dediqué a contemplar a la gente pasar con un periódico doblado encima de la mesa. A esas alturas yo casi no recordaba a Nina, al menos activamente. Ella se acercaba calle abajo, vestida con un discreto traje de color marrón, una falda amplia algo demodé y unas gafas de sol. Su pelo negro se encontraba recogido en una cola que permitía que sus finas y esculpidas facciones se mostrasen en todo su esplendor. No sé que me instó a ponerme de pie y llamarla. Estaba a varios metros de mi, y entre nosotros había una considerable procesión de viandantes. Hice gestos con la mano, movido por algún extraño resorte que se acababa de disparar. Finalmente me miró. Durante unos segundos temí haberme equivocado. Quizás no era ella. Quizás no me recordaba. Quizás no quería acordarse de mi. Vacilé un segundo, apunto de volver a mi silla, cuando su rostro se iluminó con una amplia sonrisa. Sus pasos la guiaron hasta mi.
–Que placer verla de nuevo -dije, un poco atropelladamente.
–El placer es mutuo -replicó ella, observando la silla que tenía delante-. ¿Puedo..?
–¡Oh, sí, por favor! -en un ademán de separarle la silla desde la mía hice tropezar el servilletero de la mesa. Ella sonrió y se sentó frente a mi, dejando su bolso y sus gafas de sol sobre la mesa.
Me observaba con sus profundos ojos verdes. Tenía la sensación de tener sentada frente a mi a una niña de 6 años. Simplemente, sonreía divertida, sin decir ni una palabra.
–¿Dando un paseo? -dije, mientras trataba de calmarme moviendo mi café.
–Sí. Estaba algo aburrida en casa.
–Esta es una buena zona para pasear e ir de tiendas -dije, malinterpretando sus intenciones.
–Oh, no. No tengo intención de ir de tiendas. Simplemente paseaba. Me gustan los días como hoy.
–Sí, hace un buen día.
Es cierto que cuando la gente no tiene de qué hablar habla del tiempo. Y eso me irritó. Me enfadé por mi torpeza. Hubiese deseado tener algún tema interesante de conversación, decir algo, antes de que aquella mujer perdiese el interés en mi.
–¿No es usted de aquí? -dije, sin pensar demasiado.
–No -ella inclinó graciosamente la cabeza-. Soy de Italia. De Carrara.
Un camarero se acercó por detrás y le preguntó si quería algo. Tuve miedo de que dijese que no. Deseaba que se quedase conmigo. Algo en ella, algo magnífico, hacía que la necesitase cerca.
–Un capuchino, por favor -contestó.
–Estuve una vez en Italia -dije, tratando de continuar la conversación-. Durante un viaje de fin de curso. En Roma. Es un lugar muy bonito.
–Sí -respondió. La conversación amenazó con morir de nuevo.
–¿Lleva mucho tiempo en Londres?
–No -dudó durante un segundo, mirando a un lado. Luego volvió a clavarme los ojos verdes-. Unos meses. Por favor, tutéame. No me siento cómoda cuando me llaman de usted.
Asentí sonriendo. El camarero dejó la taza de capuchino en la mesa.
–Entonces, ¿ibas a algún lado en concreto?
–No... bueno, sí. Quería ver el London Eye.
–¿No lo has visto todavía?
–No -ella pareció avergonzada.
–¡No puedo creerme que llevando meses en Londres no hayas visto el London Eye! -dije, riendo.
–Bueno, sí lo he visto. Lo que sucede es que no me he montado nunca.
–Entonces, creo que de hoy no va a pasar -dije, sin creer lo que acababa de soltar por la boca. Ella simplemente sonrió y asintió.

Nina parecía disfrutar de todo aquello como si fuese la primera vez que lo hacia. Incluso hacer cola para comprar los tickets le resultó excitante. A mi me sorprendía y me agradaba aquella actitud. Cuando, dentro de la cabina, llegamos a lo más alto, ella simplemente abrió la boca y los ojos, dejando escapar un suspiro de admiración. Luego me miró, me cogió la mano en actitud de agradecimiento y sonrió.
La llevé después a comer a un restaurante en Oxford Street. Estaba dispuesto a dejarme el dinero en aquella cita improvisada. De alguna manera, todo aquello parecía surrealista y de un momento a otro esperaba despertar de mis ensueños en el café. Ella leyó la carta, que estaba en italiano y pidió. Yo hice lo mismo. Luego, con los entrantes, seguimos una conversación, la mayoría de veces sincopada. Parecíamos flotar en un aura de complicidad, como si fuésemos unos niños que nos habíamos escapado de casa. No parecía haber nada sexual en aquella cita.
–De modo que te llamas Nina. ¿Sólo Nina? -dije, mientras atacaba el carpaccio de carne.
–Nina es un diminutivo. De Giovannina -dijo, jugando a entorpecer mi tenedor con el suyo mientras trataba de coger algo de ensalada.
–¿Cuantos años tienes? -pregunté. No me hubiese extrañado nada oírle decir que 10.
–¿Cuantos crees que tengo? -dijo, sonriendo pícaramente.
Esa era una pregunta trampa. Debía acertar, o acercarme lo máximo posible. No parecía el tipo de mujer demasiado preocupada por su aspecto, a pesar de que era arrebatador. Pero tampoco quería que la creyese mucho más mayor o mucho más joven de lo que era.
–No sé, no se me da bien, pero diría que unos veintidós. ¿He acertado?
–No, pero casi.
La conversación se interrumpió cuando una camarera nos dejó los platos sobre la mesa. Comenzamos a comer. Había un tema que habíamos evitado durante todo el día, y era lo referente a Longfellow. No me sentía con ánimos de romper el ambiente haciendo referencia al viejo artista. Puede ser que hubiesen roto después de la velada en la galería, pero me sentía incapaz de nombrarle, como si al hacerlo pudiese provocar el fin de mi alucinación.
Cuando terminamos de comer, Nina insistió en pagar ella. Conseguí que aceptase pagar a medias. Salimos a la calle. Había empezado a refrescar y el sol comenzaba a declinar, haciendo que las dispersas nubes del cielo se impregnasen de un naranja encendido. Ella me miró, como sólo sabía mirar, profundamente. Casi me veía reflejado en sus grande ojos verdes.
–Debo irme -dijo, sonriendo, pero algo más apagada-. El día está llegando a su fin.
–¿Puedo acompañarte a casa?
–No es necesario. Cogeré un taxi. Muchas gracias por el día de hoy -dijo. Se acercó a mi, se elevó sobre la punta de sus pies y me besó levemente en los labios. Si pudiese haber una sensación que a la vez hiela el cuerpo, pero hace hervir las entrañas, sería eso lo que me provocó el roce de sus labios. Me quedé petrificado, mientras ella se daba la vuelta y caminaba calle abajo.
–¡Nina! -grite, cuando se había alejado diez metro de mi-. ¿nos volveremos a ver?
Ella dudó. Me miró, miró al suelo y luego volvió a mirarme. Me sentía como un condenado a muerte esperando una amnistía. Tragué saliva, notando como el corazón me amartillaba el pecho.
–Sí -dijo.

(Continua en Nina (Parte III))

Imagen con licencia CC a partir del original de Sam67fr.

2 comentarios:

telemarkado dijo...

Joder, dime al menos cuántas partes son... Y date prisita para colgar la tercera.

Juzam dijo...

Pues diría que han salido unas cuatro o cinco...
La próxima entrega en sus kioskos, digoo... en Ubik, próximamente.