lunes, marzo 19, 2007

Nina (Parte III)

Viene de Nina (Parte II)

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Es doloroso para mi acordarme de esos días. Jamás había sido tan feliz. No había tenido relaciones demasiado estables con las mujeres. Tenía cierto miedo a que me hiciesen daño, a ser rechazado, a comprometerme. Pero Nina hacía que mi corazón latiese como el de un adolescente. Creía que el paso de los años me había inmunizado contra esa sensación, que ya consideraba infantil, del enamoramiento. De algún modo, creía que había logrado blindarme contra el desasosiego que provoca estar enamorado, el ansia, el dolor, la espera... Creía que eran manifestaciones del amor de instituto, de amores primerizos, pero no era así. No pude dormir aquella noche. Mi cabeza estaba llena de pensamientos, de dudas y de esperanzas. Me enfrentaba una y otra vez a miles de situaciones, recordaba con júbilo el beso o cada momento en que me miraba, me hablaba o me tocaba con sus manos. Luego me desesperaba al pensar que podía perderle, al pensar que quizá estaba pensando demasiado deprisa. ¿Sentiría ella lo mismo? ¿Era como pensaba o había cometido el pecado de los enamorados de crearse una imagen irreal de la persona amada?
Nina y yo compartimos varios días más. Ella parecía ansiosa de ir a sitios nuevos, de conocer lugares y gentes, y yo estaba deseoso de complacerla. Eventualmente, sin embargo, llegamos a un punto en que nuestra relación debía prosperar o detenerse, y para ello debíamos enfrentarnos a una situación que habíamos obviado voluntariamente durante esos días.
–Nina –dije–, debo saber una cosa. Me encanta estar contigo. He retocado el plan de mis vacaciones para permanecer cada minuto que pueda a tu lado. Pero necesito saber en qué posición estoy.
–¿Qué quieres decir? –parecía sinceramente ignorante de a lo que me refería.
–Me gustas –dije, notando un sofocante calor en el estómago–. Pero quiero saber qué hay de Longfellow.
Ella me miró, como si acabase de recordar súbitamente a Longfellow. Suspiró pesadamente y dejó hacer los brazos sobre mi.
–No quiero hablar sobre él ahora.
–Necesito saberlo.
–Yo... vivo con él.
¿–Qué clase de relación mantenéis? –pregunté, pesadamente.
–No es fácil hablar de ello. Simplemente vivimos juntos, nada más. No pienses en él ahora, por favor. Es nuestro momento. Necesito que sea sólo nuestro. Llévame a tu casa.
Aquella noche hicimos por primera vez el amor. Busqué durante la pasión cualquier marca en su cuerpo, cualquier rastro de los dedos rechonchos de Longfellow en ella y me airé tanto al pensar que el viejo podía haberla tocado que hasta le hice daño, pero a pesar de todo sólo encontré la perfección de su piel y de su cuerpo, hasta el más mínimo detalle. La amé de todas las formas posibles, me sentía torpe ante la inconmensurabilidad de su belleza, pero ella parecía simplemente agradecida porque yo la amase. Una mujer como ella agradecida de un hombre como yo... Algo debía haber ido realmente mal en su vida. ¿Qué la había arrastrado hacia mi?
–Te quiero –me dijo. Resollaba, estaba sudando y en sus ojos podía ver lágrimas. No sé si eran de dolor o de placer.

Unos días después recibí una visita inesperada. Nina y yo habíamos estado mas unidos que nunca. Había decidido cerrar el tema de Longfellow y dejar que fuese el destino quien arreglase las cosas. Ella era una mujer perfecta, en cuerpo y en alma, todo lo que un hombre puede desear. Era inteligente, bella y no había rastro de mezquindad alguna. Sin embargo, pese a todo, ocultaba algo en su interior, una macha de negrura que no se atrevía a dejar escapar, a compartir conmigo, pese a que me había dicho que me quería. Yo la amaba como jamás he amado a nadie. Dudo que nadie en lo que resta de mi vida pueda despertar una pasión y una devoción como los que Nina despertó en mi.
Al abrir la puerta de mi apartamento encontré al destino encarnado en la forma de Arthur Longfellow. El viejo estaba plantado ante el umbral, con su bastón de caoba y plata, tocado con un sombrero y con sus gafas de sol. Parecía nervioso. Le invité a pasar. Era el momento de arreglar aquello, para bien o para mal.
–Iré directo al grano –dijo, con una voz acostumbrada a mandar–. Sé que se esta viendo con Nina. Quiero que deje de hacerlo. No me importa qué hayan hecho hasta ahora. No quiero saberlo, pero debe alejarse de ella.
–Eso no es posible –repliqué, mientras me servía una taza de café tratando de mantener la compostura y parecer calmado.
–No es algo que usted pueda decidir –dijo. Sus manos temblaban visiblemente–. Usted no lo comprende. Debe alejarse de ella. Por el bien de los dos.
–Creo que es ella la que debe decidir eso. Yo la quiero, señor Longfellow, y quiero estar con ella.
–¡Saque eso de su cabeza! –su voz se elevó en un grito desesperado–. Ella me pertenece, es mía. No quiero que usted la vea más, no quiero que la toque. Sé que es joven, yo una vez lo fui ¿sabe? Pero debe buscarse otra novia para pasar el rato. ¡Ella es toda mi vida! ¡Es todo lo que he hecho, todo lo que soy!
–No quiero solamente pasar el rato con ella –interrumpí con un gesto cortante–. Le he dicho que la amo. Y ella también me quiere a mi.
Longfellow dejó caer las manos sobre la mesa. Sus manos parecían torpes y pequeñas. No supe como eran capaces de producir el arte que le habían dado prestigio.
–¿Acaso no lo comprende? ¡Su amor por ella es imposible! –un hilillo de saliva escapó de sus labios–. Ella va a estar conmigo siempre. Yo... yo –su respiración entrecortada, sus gestos, su rostro enrojecido me hicieron pensar que iba a tener un ataque. Quizás fue mi imaginación expresando mis deseos más íntimos. Finalmente, calló–. ¿Qué quiere? ¿Dinero? Puedo extenderle un cheque. ¿Que le parece un millón de libras?
De pronto sentí nauseas.
–No quiero su dinero. Ahora, váyase de aquí –mi mirada se enfrentó a la suya durante un tiempo que pareció eterno. Sin embargo, el fuego de mi rabia me hizo permanecer firme. Yo era mucho más joven y presumiblemente más fuerte que él. Me puse en pie–. He dicho que se marche.
Longfellow pareció desistir. Se puso en pie y se dirigió a la puerta.
–Olvídese de volver a verla-musitó, como si se le escapase la vida.
Inmediatamente, llamé a Nina. Su teléfono simplemente dejaba caer los tonos sin que nadie los contestase. Me alarmé. ¿Qué habría hecho el viejo? ¿Le habría pegado? ¿La habría encerrado? Dudé de si llamar a la policía, pero teniendo en cuenta las circunstancias dudé que fuesen a ser de provecho salvo que tuviese pruebas fehacientes de que él la había puesto en peligro.
Salí de casa, cogí un taxi y me dirigí hacia la casa de Longfellow. Esperaba llegar allí antes que el viejo y así se lo hice saber al taxista prometiéndole una jugosa propina. Mientras tanto, mi mente no dejaba de urdir terribles sucesos para Nina y mis planes de venganza para el viejo. Juré que si le había hecho daño se lo haría pagar.
Al llegar a la casa de Longfellow, una preciosa mansión rodeada de un muro lleno de enredaderas, bajé del coche y pagué al taxista. Corrí hacia la entrada y entonces vi a Nina. Salía de casa. No paré de correr hasta llegar a ella. Parecía tranquila. La observé de arriba a abajo, mientras ella me contemplaba entre curiosa y asustada.
–¿Ha pasado algo?
–¿Estás bien? –pregunté alarmado.
–Sí.
Entonces la abracé y la besé. El alivio de ese instante valió toda una vida. Le conté lo que había pasado con Longfellow. Ella me escuchó con preocupación en sus ojos. De alguna manera, la sombra que ocultaba en su corazón se dejó traslucir, enturbiando el verde de su mirada. Hizo una mueca y creí que iba a llorar. Yo me sentía como una hoja seca que pende aún de la rama de un árbol. Sabía que cualquier movimiento podía arrancarme de allí. Temblaba de pies a cabeza. Me empezaba a dar cuenta de que me enfrentaba a un hombre poderoso y rico. ¿Que podría hacerme? Pero lo que más me dolía era la evidencia de que Nina no parecía poder desprenderse de él, que a pesar de todo, siguiese allí. Habría deseado que me dijese que nos fuéramos. Me hubiese escapado con ella. Éramos jóvenes y teníamos la vida por delante. Y eso era algo que Longfellow no podía quitarnos ¿o sí? No me atreví a forzar la situación. Simplemente, la cogí de la mano y nos fuimos de allí.
Fue un día lúgubre. De alguna manera, durante todo el día, sentíamos que algo se acercaba a su fin. Yo me resistía a creerlo, pero había perdido en algún momento la batalla con Longfellow. No comprendía que había hecho mal. Supongo que fue una batalla perdida de antemano. Nos esforzamos en reír y divertirnos. La llevé a bailar. No soy un bailarín muy diestro, pero por ella estaba más que dispuesto a hacer el ridículo. Luego unos helados, unos besos y la llevé de nuevo a casa. El camino de vuelta fue silencioso y olía a separación, a pesar de que ninguno de los dos había dicho nada al respecto. Cuando llegamos a la puerta de la casa pudimos ver luces en ella. Longfellow no tenía asistentes ni sirvientes, lo que significaba que estaba en casa. Yo me sentía completamente abatido. De pronto mi vida se había quedado vacía. Ella andaba un par de pasos por delante de mi.
–Nina... –dije su nombre, incapaz de pronunciar ninguna otra palabra.
Ella llevó su dedo índice a mis labios. Negó con la cabeza, suavemente y esbozó una sonrisa triste.
–Te quiero –me dijo, pero aquellas palabras sonaron a derrota.
–Yo también –sin poder resistirlo más la abracé. Probablemente, el viejo estaría mirando por alguna ventana. Me daba igual. La besé como si en ello me fuese la vida. Todo lo que me importaba entonces en el mundo lo tenía entre mis brazos y temía que al dejarla escapar ya no hubiese nada que me mantuviese cada día con esperanza de seguir–. No me dejes, por favor.
–Yo... –ella miró la punta de sus zapatos. Pude sentir como pensaba, como trataba de buscar las palabras–. Hablaré con él –dijo, mirándome a los ojos. No pude interpretar el brillo que había en ellos.

(Finaliza en Nina (y parte IV))

Fotografía (C) de Everestelle

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