domingo, marzo 25, 2007

Nina (y parte IV)

Oatge cut

Viene de Nina (Parte III)

No recuerdo casi nada de mi camino de vuelta. Me sentía como una sombra, como un fantasma arrastrándome hacia mi casa. Pasaba entre las gentes y las luces de la ciudad sin prestar atención. Nada podía aparatar de mi cabeza a Nina, a nuestra relación, a lo que había perdido. Y cada vez que me acertaba la angustia, recordaba sus palabras. No había que rendirse aún. Ella hablaría con él. Quizás ella fuese capaz de hacerle entrar en razón. Sin embargo, muy en el fondo, sentía que había lazos que los unían que ni ellos mismos eran incapaces de romper.

Me acosté y tardé mucho en dormirme. La habitación me parecía absurdamente grande y vacía. Hacía frío. Mañana la llamaría. Mañana...
Sonó el despertador. Lo apagué. Seguía sonando. Abrí los ojos. Estaba agotado. Aún estaba oscuro. Miré el reloj, atolondrado. Eran poco más de las cinco de la mañana. Sonaba mi teléfono móvil. Lo cogí. Era Nina. Mi corazón se detuvo.
–¿Sí?
Escuché ruidos. Nina lloraba.
–¿Nina? ¿Qué pasa?
–¡Se ha vuelto loco! –sollozó. Pude oír un ruido de cristales. Ella gritó–. ¡Ayúdame, por favor!
–¡Nina! –grité. Mi cansancio se había evaporado. El teléfono se había callado. Se había cortado la llamada. Llamé de nuevo. No respondía nadie.
Salí de casa y corrí calle abajo, esperando encontrarme con un taxi. Logré detener uno dos manzanas más abajo. Cuando llegué a la casa de Longfellow aún había luces encendidas. Me acerqué a la entrada y llamé insistentemente. Nadie contestaba. Me eché un par de pasos hacia atrás y comencé a llamar a Nina con todas mis fuerzas. Mi voz sonaba quebrada. Decidí saltar el muro. Me costó más de lo que había pensado, pero me encontraba dentro del jardín. Corrí hacia la casa y llamé. No me demoré demasiado a la espera de que alguien me abriese. No se oía ningún ruído en el interior. Jadeante y angustiado corrí alrededor de la casa. Usé una escultura del jardín para romper los cristales de la cocina de la planta baja y entré.
Me sentía como un ladrón, pero pronto recordé que me impulsaba a estar allí, de modo que corrí por los pasillos. No pensaba en qué podría pasarme. Deseaba encontrar a Nina, saber que estaba bien. Subí por unas escaleras amplias. La casa, como era de esperar, estaba llena de esculturas, tapices y cuadros, pero no logré ver ni una sola fotografía.
Corrí por un pasillo enmoquetado. La casa era enorme. Poco a poco mis pasos se fueron deteniendo. Estaba en un corredor que parecía un museo a Nina. Había al menos una veintena de cuadros suyos colgados de las paredes, en diferentes posturas, con diferentes trajes, con diferentes peinados, pero siempre Nina. Los observé disgustado, como quien contemplase los recortes de un acosador. Nina me observaba quedamente desde las paredes, desde los lustrosos marcos. Me acerqué a un cuadro que se encontraba junto a la entrada a un salón. Era Nina, vestida con un traje blanco, sentada sobre un pretil de piedra. Al fondo se veía el mar. Nina tenía el pelo corto y sonreía. El cuadro podía haber sido bien una fotografía. Una placa dorada en la parte inferior del marco decía “Nina en Carrara”. En un rincón, casi avergonzada, la firma de Longfellow y luego una fecha. 1981. Observé el cuadro confundido. No podía ser de 1981. En 1981 Nina no había nacido aún. ¿Sería la madre de Nina? Di unos pasos hacia atrás y miré el siguiente cuadro. Nina se encontraba sentada de nuevo, pero esta ve delante de un piano. La luz entraba por la ventana, dando en un lado de su rostro. Parecía concentrada. El cuadro había captado el momento con sumo detalle. Miré el nombre del cuadro. “Nina en el conservatorio”. La fecha del cuadro era 1983. No recuerdo que Nina me hubiese dicho que había estado en un conservatorio. El siguiente cuadro era de Nina, sosteniendo un parasol y con un traje de época. Su pelo negro estaba recogido en un moño sobre su cabeza. Sonreía como una niña que juega a disfrazarse. Estaba en un jardín lleno de flores rojas. El cuadro se llamaba simplemente “Nina”. La fecha del cuadro era 1971. No llegaba a entender que era todo eso. ¿Era realmente Nina? No podía serlo. ¿La madre de Nina? Pero en 1971 la madre de Nina parecía la misma que en el cuadro de 1983, por no decir que era un clon de la propia Nina. Rápidamente miré el resto de cuadros. Todos ellos habían sido pintados entre 1971 y 1998, y en todos ellos estaba Nina. Nunca aparecía nadie más. Nina, en todo su esplendor, sonriendo, triste, posando o tomada en una postura natural, pero siempre Nina, la misma Nina durante 37 años. No tenía sentido.
Salí del pasillo como si el suelo se moviese bajo mis pies. Estaba en un enorme salón, ocupado por una gran mesa y una chimenea. En un rincón había un piano y un violonchelo. Al otro lado de la habitación había un mueble bar y sobre él una botella de coñac medio vacía. Unos cristales rotos se encontraba sobre un charco, indicándome que un vaso había caído al suelo. Salí por la puerta a otro pasillo. Lo que vi me provocó una gran intranquilidad. El pasillo estaba también lleno de cuadros de Nina, pero la mayoría de ellos estaban rasgados o tirados por el suelo, como si un pequeño tornado hubiese recorrido el pasillo. Algunos aún estaba completos. Desde uno Nina sonreía pícaramente mientras sostenía una manzana, como ofreciéndola al espectador. Se encontraba completamente desnuda, pero una rama ocultaba su sexo. Se trataba de una suerte de alegoría de Eva. El cuadro llevaba por nombre “La tentación” y había sido pintado en 1991.
El pasillo desembocaba en una sala que parecía un campo de batalla. El suelo estaba lleno de cristales de vitrinas. Por el suelo había cuadros rasgados, esculturas caídas o muebles hecho astillas. Anduve con cuidado hasta una pequeña biblioteca. Al fondo había un sillón y una mesa. La luz de la mesa estaba encendida. Vomité. Sobre la silla, con la cabeza, o lo que quedaba de ella, caída hacia atrás, se encontraba quien no podía ser otro que Longfellow. Era imposible reconocer sus rasgos, pues se había volado el rostro de un tiro. La pistola aún estaba encajada entre sus dedos gordos, caído su brazo a un lado de la silla. La sangre parecía haber llegado hasta el techo y las paredes de al lado. La camisa de Longfellow estaba empapada en un líquido casi negro y un extraño olor flotaba en el aire. Me tambaleé después de vomitar y me agarré a una estantería. No sé por qué, pero la imagen de la sangre me evocó cuadros abstractos, o quizás algo de grattage. Me acerqué con repulsión, como si Longfellow fuese a saltar de la silla sobre mi. Encima de la mesa había varios libros abiertos. Parecían muy antiguos y por los grabados me parecían libros hinduistas o budistas. Había también una foto de Nina, llena de sangre.
Salí de allí con el corazón en la boca. Aquella zona de la mansión parecía Berlín en 1945. Hasta la propia arquitectura parecía haberse resentido. Entré en una habitación oscura. El arco de la entrada estaba tirado en el suelo, como arrancado del mismo techo. Tropecé con unos cascotes que comprendí que eran restos de una escultura cuando encendí la luz. La habitación era otro museo dedicado a Nina. Los cuadros se amontonaban sobre las paredes. Aquí y allí pude ver la pared con una tonalidad diferente donde un cuadro había caído al suelo. Decenas de Ninas me miraban desde las paredes. Todas parecían dirigir sus ojos verdes hacia mi y me sentí enormemente aturdido. Tropecé con un marco y caí de bruces sobre un cuadro. La Nina del cuadro me clavó los ojos verdes, sonriendo, con sus labios carnosos y sonrosados entreabiertos, esperando tal vez un beso. Me puse en pie. Estaba realmente asustado. ¿Acaso Longfellow no había hecho otra cosa en su vida que pintar a Nina hasta la saciedad? ¿Qué era todo aquello? ¿Como podía ser que conociese a Nina antes de que ésta hubiese nacido? Al fondo encontré una escultura a tamaño real de Nina. Estaba vestida con una túnica que parecía permanentemente a punto de caerse y desvelar su cuerpo desnudo. No podía dejar de maravillarme de la calidad del tallado. La túnica parecía delgada, mostrando las sinuosidades del cuerpo de Nina. Era de mármol blanco y suave, Deslicé mis dedos sobre ella, anhelando el calor de su cuerpo, pero estaba fría. El rostro de Nina me observaba mudo y ciego, permanentemente detenida en un gesto indescifrable, entre la duda, entre el miedo, entre la incertidumbre y el silencio. En su pecho, donde tras la piedra debería hallarse el corazón, un escoplo de escultor había sido clavado, robando la perfección de sus formas, como si de un asesinato ritual se tratase. Me derrumbé. Agarré la inerte mano de Nina, de mármol blanco, sabiendo que jamás la volvería a ver. La catarsis vino en forma de llanto desconsolado, mientras acariciaba sus manos blancas, frías, de mármol blanco de Carrara...

Jamás volví a ver a Nina. Tuve que contar a la policía todo lo sucedido. Ellos husmearon toda la casa y buscaron a Nina durante varios meses, sin hallarla. Se cerró el caso sin que se resolviese por completo. Parecía evidente que Longfellow se había suicidado, pero ¿Qué había sido de Nina? La policía no pudo encontrar documentación sobre ella en la casa. Lo único que tenían era mi testominio, sus huellas, una miriada de cuadros y una foto manchada de sangre. Me enteré que buscaron sus huellas en la base de la Interpol y en la policía italiana, pero no hubo suerte. También buscaron antecedentes de Nina en Carrara, pero nadie conocía a una mujer llamada así con ese aspecto. Lo único que se supo es que Longfellow estuvo en Carrara hace unos años, al parecer para hacer un encargo de mármol.
De ese modo se la dio por desaparecida. Aún hoy día tengo esperanza de encontrármela de nuevo, de verla aparecer a la vuelta de la esquina, de recibir una llamada de su móvil, que ahora yace en un depósito de la policía.

Sueño con ella a menudo. Pude haber conseguido que me devolviesen la foto, pero decidí que no me hacía falta. La tenía en la cabeza, perfecta e imborrable. No me hacía falta ningún memento de ella. Hace unas semanas he empezado a pintarla. No soy un buen pintor, pero me descubro siempre esbozando sus rasgos sobre papel, mirándome desde el silencio, sonriendo, como aguardando, en algún lugar, al reencuentro.


Fotografía (C) de Everestelle

5 comentarios:

telemarkado dijo...

Francamente triste pero muy, muy bonito.
Me ha encantado.

Juzam dijo...

¡Gracias! ;-D

telemarkado dijo...

¿Para cuando otro relato?

Juzam dijo...

Pues imagino que para el mes de abril caerá otro, voy a intentar que sea un relato por mes (que me da para varias entradas jejeje). De todos modos, puedes leer los fantabulosos y wonderfúlicos Relatos ya publicados...

telemarkado dijo...

Joder, pues pensaba que los había leído todos y veo que no...
Me pondré manos a la obra!!