martes, mayo 29, 2007

El gnomo (Parte I)

Bosque
Llegue a la cabaña en medio del bosque muy temprano por la mañana. Había salido de casa en el Galloper cuando todavía era de noche armado con unas latas de comida, el ordenador portátil, el iPod y los aperos de pesca. Estaba dispuesto a pasar varios días de trabajo, aislado del resto del mundo para terminar el libro. Había dejado mis casa, a mi mujer y a mis dos ruidosos hijos detrás. Supongo que podrían sobrevivir unos días sin mi. Quizás ellos también necesitasen unas vacaciones. Últimamente había estado muy irritable. Los malditos plazos del editor se esfumaban entre mis dedos antes de que nada interesante saliese de ellos.
Creo que debo contar algo sobre mi. Soy escritor, además de profesor de filosofía en la Universidad. He escrito algunos libros académicos, pero ahora mi editor me había tentado para la publicación de una novela. Acepté, congratulado por que se me diese la oportunidad y ansioso ante el desafío. Tenía mil ideas y pensé que sería fácil hilarlas para convertirlas en una novela decente. En esos momentos eres capaz de componer mentalmente las diez primeras lineas y todo parece cuesta abajo. Saltaba ya a las ediciones en otros idiomas, las firmas de ejemplares en grandes superficies y quién sabe, quizás una película. Bueno, pues como en todo, el sueño se convirtió en una horrible realidad. Al ponerme frente a la pantalla en blanco del editor de texto el cursor parpadeaba burlonamente. Unas palabras. Borrar. Comenzaba de manera distinta. No. Quizás si... No, no me gusta. Y así durante meses. La verdad es que en el punto que comienza mi relato lo tenía bastante avanzado. Mi editor me había presionado un par de veces para presentarle un borrador completo y es de lo que ahora me ocupaba. Había llegado a un punto difícil de la trama, tan bien anudado que me resultaba complicado desenmarañarlo sin un deus ex machina.

En estas estaba yo cuando se me presentó una oportunidad de oro. Un conocido mio había alquilado una cabaña en el bosque para pescar, llevarse los exámenes de fin de curso y terminar de corregirlos en medio de la tranquilidad. Un fin de semana de completa libertad para alejar los nubarrones mentales de la vida en la ciudad. Me recomendó hacer lo mismo cuando me quejé de mi mala fortuna. Verás como así eres capaz de pensar con claridad y organizar tus ideas, me dijo. Al día siguiente me puse en contacto con la agencia que alquilaba las cabañas. Hablé con una señorita muy amable que me emplazó al día siguiente en las oficinas. Una vez allí estuve ojeando las cabañas. No buscaba nada en particular. Que fuese cómoda y alejada y que tuviese cerca un rio o un lago donde pudiese pescar. En la charla me preguntó por mi profesión. Yo le dije que era escritor. Ella se mostró muy interesada. Todo el mundo lo hace. Después me llevó a su terreno. Me dijo que tenía una cabaña que habían adquirido recientemente. Había pertenecido a un escritor. Me la mostró. Inconscientemente la asocié a un lugar para pensar, un sanctasanctórum del trabajo literario. No estaba mal según se veía en las fotos. La decoración un poco anticuada, pero en una localización increíble. Pregunté el precio y en menos de cinco minutos salí de la agencia con una copia del contrato de alquiler y una llave. Cinco días para liberarme del estrés y terminar mi gran obra maestra.
Como dije, la cabaña se encontraba en un lugar increíble, en medio de un bosque de hayas, a cinco kilómetros vía pista forestal de la carretera más cercana. Lo único parecido a una aglomeración urbana en diez kilómetros a la redonda era un pueblecito que crecía alrededor de una estación multiservicio, donde compré un mapa de la zona y algunas chocolatinas. Pregunté al encargado que qué tal la pesca en la zona. Me dio un par de consejos y me marché.
Al llegar a la cabaña lo primero que noté era el olor de un sitio cerrado. El fuerte olor de la madera lo impregnaba todo, pese a que el ambientador que la agencia había dejado encima de la chimenea hacía todo lo que podía. Encendí el generador eléctrico como me dijeron y enchufé el frigorífico. Había una pequeña radio, bastante gastada, que guardé en uno de los cajones del armario. Había dos habitaciones. Me instalé en la más pequeña. Siempre me han gustado más los espacios íntimos y cerrados. Dejé el ordenador encima de la mesa, junto a mis apuntes y algunos libros y me decidí a dar un paseo por la zona antes de almorzar.
Un sendero bastante irregular llevaba, entre matorrales, hasta el río, que pasaba mánsamente entre los guijarros y la tierra arcillosa.Era un río amplio que formaba una acusada curva, un codo donde se podría pescar de maravilla. El tiempo era nublado, pero no amenazaba lluvia, y el aire estaba helado e impregnado de un frescor que los urbanitas como yo sólo obtenemos del dentífrico.

Una hora después me encontraba echando un plato con los restos de albóndigas de lata en la pileta. Me crují los dedos, saqué punta al lápiz y me coloqué delante de una mesita de café donde tenía el ordenador. Repasé las notas, hice un par de correcciones y releí las últimas páginas que había escrito. Torcí el gesto y cambié algunas cosas, nada importante. Luego, el silencio de las musas. Después de un cuarto de hora me recosté en el sofá. Rascarme la ceja es un gesto de contrariedad para mi. Me puse en pie y bebí un poco de agua. Y así toda la noche.
A la mañana siguiente me desperté con un atrevido rayo de luz golpeándome en plena cara a través de las cortinas. Miré el reloj y comprobé que era temprano. Tomé un frugal desayuno y preparé un par de bocadillos y unas latas que metí en una mochila. Anduve hasta la hondonada que encontrase el día anterior, donde planté las cañas de pescar. Frente a los árboles y a los montes las ideas parecían discurrir con la tenue inspiración con la que lo hacía el río. Los peces parecían reticentes a morder el anzuelo y de algún modo cruel, las ideas también lo hacían. Cuanto más me concentraba en sacar algo interesante de mi cabeza más me enfurecía por mi incapacidad. He memorizado textos de Schopenhauer, de Kant, de Kierkegaard, pero se me resistía mi propia creación y no era lo suficientemente valiente como para desandar mucho camino y reescribir medio libro.
A mediodía masticaba furioso un bocadillo. Durante toda la mañana había tenido un par de destellos, pero no eran más que fantasmagorías que se habían volatilizado en cuanto traté de desgranarlas levemente. La caña había seguido juguetona el transcurso de las aguas, pero poco más. Fue cuando una de ellas movió insinuante la punta. Como un resorte salté hacia ella, pelee durante unos minutos, hasta que el nailon apareció súbitamente fláccido. Recogí el sedal y lo extraje sólo: Ni anzuelo, ni plomada, ni pez. A punto de rebelarme y maldecir el día en que decidí venir a la cabaña me puse a reconstruir el sedal. Se supone que la pesca tranquiliza. Levanté la caña, observándola apuntar al cielo entre celeste y gris. La coloqué ligeramente inclinada sobre mi hombro y giré la cintura con rapidez. La tanza sonó cortando el aire al tiempo que el carrete soltaba cuerda con su peculiar sonido. Pero oí un ruido más, un ploc, como si la plomada hubiese golpeado en algo. Coloque la caña de nuevo en su soporte si darle más importancia. Entonces lo vi.

(Continua en El gnomo (Parte II))

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