viernes, junio 01, 2007

El gnomo (Parte II)

Viene de El gnomo (Parte I)
Escritor
Se encontraba tirado a todo lo largo, que no era mucho, sobre una roca cerca de donde había dejado mi lata de cerveza y mi bocadillo. Por un momento tuve la sensación de verlo todo desde fuera. Luego fue como si alguien golpease mi cabeza con un martillo de juguete y ésta se hiciese pedacitos muy pequeños. Me acerqué tratando de encontrar un sentido a todo eso, pero con la espalda levemente inclinada y cauteloso, cual si fuera a desmontar una bomba. Estaba a mis pies. No mediría más de quince centímetros de altura. Llevaba lo que parecían unas polainas rojas diminutas y un chaleco de cuero. Su rostro me recordaba al de los adustos ancianos de los libros de filosofía, con largas barbas. Estaba muy arrugado, como los dedos de los pies después de haberte bañado. Parecía completamente inconsciente o muerto, con su ridículo sombrerillo arrojado a un lado y una marca en la sien. En ese momento tuve al menos media docena de ideas estúpidas. Sin estar del todo convencido de no estar alucinando –quise recordar todo lo que había comido y bebido en las últimas horas–, agaché mi mano y lo toqué con el dedo, con mucho cuidado. Al alcanzar su panza apreté un poco. Era como apretar una bolsa de gelatina. Escuché un murmullo y di un salto hacia atrás. Parecía estar despertando. Abrió los ojos, de un color gris oscuro y balbució unas palabras. Luego los abrió de par en par al verme. Parecía aterrado. Yo sonreí asustado.
–¿Qué demonios?– gruñó. Su voz era sorprendentemente grave y audible para salir de una boca tan pequeña–. ¿Vás atacando a la gente por ahí? Yo también soy gente ¿sabes?
–Yo... –aturdido no acertaba a disculparme.
–Uno va dando un tranquilo paseo por el bosque y cualquiera tiene derecho a darle con una piedra en la cabeza. ¡Blam! –se golpeó las manos con fuerza.
–Lo siento –dije, confundido.
La criatura, fuese lo que fuese, se puso en pie. Era sorprendentemente pequeña. Parecía como si un juguete hubiese ganado vida. No me atrevía a acercarme demasiado. Ni siquiera era capaz de preguntarle si estaba bien. Balbuceaba y pestañeaba, incrédulo.
El gnomo anduvo con gesto airado, pisando lo más fuerte que podían sus minúsculos pies, hasta recoger su sombrero. Se lo colocó con cierta dignidad afectada y luego me señaló con el dedo.
–¡Eres un peligro!
–No te había visto –me defendí, aún con los ojos como platos.
–Encima... Los gnomos somos muy sensibles con nuestro tamaño –se sentó, tocándose la sien, donde la plomada le había golpeado–. Tengo suerte de ser un tipo rápido. De otro modo me hubieses arrancado la cabeza. Gracias a gente como tú no hay muchos gnomos por aquí.
–Oye, ya te dije que lo sentía.
El gnomo se mesó las barbas y frunció los labios y el ceño gravemente. Luego meció la cabeza de un lado a otro.
–Vale, está bien. Acepto tus disculpas –alzó su diminuta mano hacia mi. La estreché como pude.
–¡Oh, gracias! –sonreí y me presenté.
–Encantado. Mi nombre no puede ser pronunciado en tu lengua.
–¿De veras?
–No, me llamo Elifás, pero eso siempre queda misterioso entre los humanos –rió, mostrando una hilera de perfectos dientes blancos. Yo sonreí. Luego me senté a su lado. Notaba como las piernas me temblaban al querer volver mi cabeza a la realidad. Sudaba a pesar del aire frío que soplaba entre los árboles.
–No se te ve muy bien –comentó Elifás.
–¡Ja! –mi risa sonó como un graznido–. Creo que me estoy volviendo loco. Probablemente estaré tirado en el suelo de mi cabaña con una indigestión letal. A lo mejor es alguna clase de hongos. Creo haber leído algo acerca de ciertos hongos que crecen en la madera...
–Umm, no, amigo. Soy real. Elifás es un auténtico gnomo –se puso en pie de un salto con increíble agilidad–. Y no soy el único. Existen muchos gnomos en estos bosques. Lo único que sucede es que procuramos mantenernos alejados de los seres humanos, por cuestiones evidentes –se llevó el dedo a la sien.
–Ya. Supongo que no tengo más remedio que aceptar mi locura. Sólo espero que alguien me encuentre cuanto antes. En fin, ¿qué hacías por aquí?
–Lo mismo podría preguntarte. Yo vivo por aquí. Oí ruido y vine a ver qué pasaba.
–Bueno, yo estoy aquí para tratar de concentrarme en mi trabajo.
–¿Eres pescador?
–No, soy escritor. He decidido alejarme un poco del ruido de la ciudad para terminar mi obra, pero me he quedado un poco atrancado –en ese momento me di cuenta de la situación: Estaba sentado hablando con un gnomo.
–¿Y la pesca que tal?
–No demasiado bien.
–¿Tienes algo de comer o de beber? La verdad es que me encuentro un poco mareado.
–Oh, sí –desenvolví el bocadillo y rompí un trozo con los dedos, tendiéndoselo–. Tengo algo de cerveza ¿Quieres?
–Por supuesto.

Al llegar a la cabaña dejé los aperos de pesca junto a la puerta y e dirigí al cuarto de baño. Me miraba las pupilas en el espejo. Saqué la lengua. Parecía tan real. Elifás se encontraba en la casa. Había insistido en acompañarme. Lo veía como si estuviese fuera de mi. Quizás esta alucinación me acompañase el resto de mi vida. Debía acostumbrarme a ella.
–¿Qué es esto? –dijo desde el salón. Me asomé un instante y vi mi iPod en sus manos.
–Es un reproductor de música.
–¿En serio? ¿Cómo funciona?–preguntó y sin esperar a una contestación comenzó a toquetear todos los botones.
Me acerqué y lo puse en marcha.
–Aquí se regula el volumen –dije. Elifás cogió uno de los cascos y se lo colocó en la oreja. Sonrió al escuchar el sonido–. Voy a ducharme. Ponte cómodo.
Salí de la ducha, sinceramente deseando no ver a Elifás por ningún lado. Por el contrario lo vi tendido encima de la mesa, con el auricular del iPod en la oreja. Sonreía con los ojos cerrados.
–¿Hay algo de comer? –inquirió, presintiendo mi presencia.
Media hora después, Elifás charlaba conmigo. Parecía más interesado en mi que yo en él. Me hacía toda clase de preguntas acerca de la música, de los libros, de los aparatos que traía. Por fin le enseñe mi ordenador. Abrió los ojos de par en par al ver iluminarse la pantalla. Le expliqué someramente su funcionamiento.
–Así que es aquí donde escribes ¿eh? –sus manitas apretaron varias teclas. Se rio a carcajadas al verlas reflejadas en la pantalla–. Maravilloso –en pleno éxtasis dio una pirueta de espaldas–. ¿Qué escribes?
–Una novela.
–¿Sabes? Los gnomos somos buenos contando historias. Somos muy buenos también inventándolas. Quizás pueda ayudarte un poco. Hace algún tiempo conocí a otro humano a quien ayudé a escribir algo y no le quedó nada mal.
–Bueno, no pierdo nada. A ver que te parece...


(Continua en El gnomo (Parte III))

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