miércoles, junio 06, 2007

El gnomo (Parte III)

(Viene de El gnomo (Parte II))
Maquina
Elifás escuchó el resumen de la novela muy atentamente. A veces asentía, como cuando se llegaba a un punto que el presentía. Luego estuvimos charlando un buen rato sobre los personajes y lo que yo quería expresar con la historia. Por fin, me pidió poder leerla completamente. Yo accedí. Saqué uno de los CD donde tenía guardada una copia de seguridad y cargué el documento. Quería evitar que Elifás, por error, estropease algo de la novela. Comenzó a leerla ávidamente, a une velocidad pasmosa. Casi me resultaba ofensivo que tanto trabajo fuese devorado con tal rapidez. Finalmente, agotado por mi largo y extraño día, le dije a Elifás que iba a dormir. Él me habló sin despegar los ojos de la pantalla.
–Terminaré de leer esto y me iré. Puedes irte a dormir. Nos veremos mañana. Tengo algunas ideas interesantes.
Después de lavarme los dientes me dejé caer en la cama. Cuando miré al techo, cruzado de vigas de madera, fue cuando me di cuenta. Me incorporé en la cama. Notaba como mis piernas temblaban mientras me acercaba hacia la puerta. La abrí ligeramente, sin saber qué quería encontrar. No sabía si era peor ver a un gnomo sobre la mesa o simplemente no ver nada y constatar mi demencia. Por el hueco que dejaba la puerta con el marco pude ver la luz encendida. Una criatura de menos de un palmo de altura miraba fijamente la pantalla de mi ordenador. Debió percatarse de que yo me encontraba observándole, porque su cabecita se giró lentamente en mi dirección, saludándome con su diminuta mano. Yo cerré la puerta y me cobijé entre sudores fríos bajo las mantas. No sé como pude quedarme dormido, pero lo cierto es que estuve toda la noche teniendo pesadillas en las cuales los horrores de la infancia, enterrados bajo el peso de la edad adulta revivían de la mano de un inocente gnomo. Elifás estaba allí, sonriendo y presentándome al Coco, al Hombre del Saco y a todos los monstruos que con la edad había llegado a rechazar.
Al día siguiente, la luz del sol se filtraba cruelmente entre las ramas de los árboles, para penetrar en mi habitación a través de las cortinas. Me incorporé, casi sin recordar la mala noche que había pasado. Al abrir las ventanas noté el frío aire del campo penetrar hasta mis huesos, concediéndome una extraña vitalidad. Respiré hondo y salí al salón, con la esperanza futil de no encontrar a Elifás. Sin embargo, allí estaba, sentado al borde de la mesa. Sus curiosos zapatos se balanceaban al extremo de unas piernas que bien podrían haber sido ramas retorcidas. Junto a él había una bolsa de magdalenas de chocolate abierta. La mesa estaba llena de miguitas.
–Duermes mucho –dijo, a modo de saludo.
–No he dormido muy bien –respondí–. Veo que ya has desayunado.
–Por supuesto. Podría haber muerto de hambre esperando a que te despertases.
Fui a la cocina y me preparé un café. Mientras observaba aturdido un reloj de pared que parecía llevar detenido años, noté la presencia de Elifás al lado de la mano que tenía apoyada en la encimera.
–Tengo algunas cosas que podría interesarte –dijo, haciendo caso omiso a mi sorpresa.

El resto de la mañana estuve trabajando sin parar. Elifás había leído completamente la novela por la noche y tenía bastante buenas ideas. De alguna manera, con su colaboración pude avanzar treinta páginas antes del almuerzo. Para aquel entonces mi miedo, el que me había secuestrado el ánimo por la noche, había desaparecido por completo. El gnomo era gruñón, pero no me desagradaba su compañía. Sin embargo, había cierto encanto mesmérico que me mantenía en un estado de ligera estupefacción cuando estaba cerca de él. Supongo que es lo natural cuando tienes un gnomo cerca.
–Estamos avanzando muy bien –dije, mientras tomaba un zumo con antioxidantes.
–Tienes muy buenas ideas –Elifás jugueteaba con el capuchón de mi bolígrafo, haciendo malabares que parecían increíbles para alguien de su estatura–. Este libro se venderá como rosquillas –luego me miró con aquellos intensos ojos grises–. El anterior propietario de la cabaña era también escritor.
–Sí– recordé–. Me lo dijeron los de la inmobiliaria. ¿Lo conocías?
–Lo había visto deambular por el bosque. Luego lo observé a través de las ventanas.
–¿Le espiaste?
–Sólo quería saber quién era. Cuando alguien quince veces más grande que tú se viene a vivir a unos cientos de metros de tu casa tienes la obligación de saber quién es.
Después de comer y llamar a la familia, salí a dar un paseo. Elifás se mostró muy insistente en no dejar el trabajo para más tarde, pero pedí algo de tiempo para aclarar mis ideas. A regañadientes me permitió salir. Deambulé por el campo durante una media hora, sin alejarme de la casa. El sol comenzaba a declinar por encima de las cumbres cercanas, llenado el bosque de sombras. La temperatura había descendido notablemente y la humedad convertía aquel ambiente en algo desagradable. A pesar de todo, estiré bien las piernas, mientras trataba de ordenar las ideas. La colaboración de Elifás fue muy importante y entre los dos le habíamos dado un nuevo giro a la historia, el giro que precisamente necesitaba para terminar la novela. Me sorprendió su creatividad. Cuando llegábamos a un punto que parecía difícil de resolver simplemente se paraba a pensar unos segundos y proponía una idea brillante que nos permitía avanzar.

(Finaliza en El gnomo (y parte IV))

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