martes, junio 12, 2007

El gnomo (y parte IV)

(Viene de El gnomo (parte III))
Papeles
Cuando regresé a la cabaña, Elifás estaba tumbado sobre la mesa. De un agil salto se puso en pie y me miró acusadoramente.
–¿Podemos seguir?
–No sé por qué tienes tanta prisa –dije, mientras dejaba mi chaqueta en el perchero.
–¿Crees que puedo estar aquí para siempre? Tengo familia ¿sabes?
Le miré durante unos segundos.
–Bien, vale. Pongámonos en marcha.
Durante toda la tarde estuvimos trabajando, tanto que casi me olvidé de cenar. Las letras parecían disparadas de mis manos y el claqueteo de las teclas no era sino una sinfonía de creación. Mi voz y la de Elifás se intercambiaban en generar las páginas, pero lo cierto es que sin su ayuda no hubiese conseguido poner el punto final a la historia. Esto pasó algo por encima de las doce de la noche. Me giré hacia él y me sonrió satisfecho.
–Lo hemos conseguido –dijo, con una risotada.
–No podría haberlo hecho sin tu ayuda –dije.
–Solo he espoleado tu imaginación –replicó, colocando sus pulgares dentro de su cinturón–. Te he sacado las ideas que tenías dentro de tu cabeza.
–De todas formas, muchas gracias, Elifás. Te haré mención en el libro. Te mereces al menos la dedicatoria.
–¡Bah! –meneó la mano–. Pero si tienes algo más de esas magdalenas me sentiré más que pagado.
–En fin, ahora sólo queda que le guste al editor.
Elifas agachó la cabeza durante unos segundos, como si estuviese pensando en algo.
–Sí. Pero algo me dice que le gustará. Creo que ha llegado la hora de irme –dijo.
–¿Ya?
–Sí. Tengo cosas que hacer.
Me puse en pie y le tendí la mano. Fue un extraño apretón.
–Mucha suerte, Elifás. ¿Nos volveremos a ver?
–Es posible –respondió, con una enigmática sonrisa.

Ese día me acosté con dolor en los brazos y en la espalda, pero con una gran satisfacción. En sólo dos días había conseguido terminar la novela, y de un modo sencillamente genial. La historia era rica, los diálogos excepcionales y la trama discurría entre sorprendentes cambios que mantendrían a los lectores con los ojos pegados a las páginas. Ya pensaba irme una o dos veces al año a la cabaña para escribir. Quizás podría aprovechar un poco más la colaboración de Elifás y hacerme escritor profesional. No estaría mal dejar las clases. Quizás debiera comprar la cabaña. Me desperté tarde al día siguiente. Con una sonrisa aún en los labios me preparé un café y fui a revisar lo que habíamos escrito en día anterior.
Cuando encendí el ordenador, la pantalla permaneció de color negro y sólo obtuve una serie de pitidos. Repetí la operación varias veces hasta desistir. Se había estropeado. En aquel momento se formó un nudo en mi estómago. Me dirigí rápidamente hasta la bolsa donde guardaba las copias de seguridad, pero no encontré ninguna de ellas. Desesperado busqué por toda la cabaña, pero no quedaba nada de mi trabajo. Ni siquiera las notas manuscritas.
Volví a casa abatido. Me había llevado una hora en el bosque gritando el nombre de Elifás entre insultos, pero cuando me di cuenta de mi locura decidí que era el momento de regresar. Estaba derrotado. En la tienda de ordenadores me dijeron que habían extraído el disco duro de mi ordenador portátil. Era imposible, con lo que me quedaba en casa, recuperar el trabajo. Simplemente le dije a mi editor que había decidido no escribir la novela. Durante las siguientes semanas una depresión me mantuvo en casa. No podía creer lo que me había sucedido.
Tres meses después, mientras leía el dominical de un periódico junto a una pila de exámenes por corregir leí una reseña sobre un libro que se había publicado recientemente. Era mi libro. El libro que Elifás me robó. Su autor era un escritor que llevaba algún tiempo sin publicar. Según decía, había estado ordenando sus ideas para escribir una obra maestra. El libro llevaba camino de convertirse en un bestseller.
–¿Te pasa algo, cariño? –preguntó mi mujer. Desde mi depresión me trataba muy suavemente.
–¿Qué? –respondí, algo conmocionado aún.
–Estás muy rojo.
–¿Eh? ¡Oh, son estos exámenes! –mentí, cerrando el suplemento–. Creo que suspenderán todos.

2 comentarios:

Gateta dijo...

Pero que fuerte, menudo capullo el Gnomo, cualquiera se fía de ellos hoy en dia uffffffff...

Me ha encantado tu relato, gracias por compartirlo.

Saludos
Gateta

Juzam dijo...

¡Gracias!