lunes, noviembre 10, 2008

Klarkash Ton

–¡Ïa! ¡Ïa! ¡Klarkash Ton, señor de La Tierra Moribunda! -las voces de los convocantes se unían, creciendo desde el susurro hasta el aullido primal, como si intentasen quebrar el cielo nocturno sobre ellos.

El maestro de ceremonias y líder del culto puso sus dedos sobre las páginas del libro prohibido. Sus letras eran rojas como la sangre, escritas sobre piel. ¡El Libro de los Muertos! ¡El cien veces maldito Necronomicón! Aquellos saberes blasfemos enseñaban los secretos del universo, lo que se esconde en las esquinas de las dimensiones del espacio, los horrores bituminosos que se arrastran entre las sombras y las aberraciones sin nombre que cruzan los golfos cósmicos, trayendo pesar y horror.

–¡Hermanos, la ceremonia ha comenzado! -la voz del maestro se sobrepuso a la de sus acólitos-. Nos hemos reunido bajo esta noche de luna llena para convocar al Señor de la Tierra Moribunda -un murmullo nervioso recorrió entre los congregados-. Gritad conmigo, alabad a nuestro señor ¡Ïa! ¡Ïa! ¡Klarhash Ton!

–¡Ïa! ¡Ïa! ¡Klarhash Ton! -el coro de voces se alzó de nuevo, una y otra vez bajo la gibosa luna que bañaba el claro sobre al altar de sacrificios. A ambos lados de la piedra, oscurecida por la sangre de miles de ceremonias, dos fuegos se alzaban como hojas brillantes y furiosas.

–¡Traed a las víctimas! -ordenó el maestro con voz vibrante-. ¡Su sacrificio nos permitirá abrir la puerta del espacio do mora El Maestro de las Llaves, y traer a través de ella a Klarkash Ton!
La victimas fueron llevadas por la enfervorecida masa hasta el altar. El fuego crepitaba con insana codicia y los enajenados cultistas colocaban a los aterrados partícipes del sacrificio sobre la piedra. El líder extrajo un cuchillo, una hoja oscura y curvada, que había bebido la sangre de decenas de víctimas, con la intención de traer a las monstruosidades sin nombre a la existencia.

–¡Oh, Klarkash Ton, que moras en la oscura tierra más allá de las estrellas! ¡Tú que esperas en el umbral, frente al oscuro vacío de la Inmensidad Negra! ¡Ven a nosotros! ¡Muéstranos tu sabiduría! -el cuchillo bajó al encuentro de la carne y las vísceras, arriba y abajo, con calculada precisión.
De pronto, cuando la última víctima aún se debatía en los estertores finales, las llamas zumbaron como si enjambres de insectos se hubiese despertado en ellas y el fuego se volvió rojo y morado, creciendo hasta lamer las alturas ciclópeas de las ruinas alrededor del claro. Las dos llamas se unieron, formando una esfera sobre las cabezas de los acólitos, que se lanzaron al suelo, aullando en un terror místico. Sólo el sumo sacerdote seguía en pie.

Entonces, apareció.

Klarkash Ton. Su piel era de un horripilante color rosado, con excrecencias al final de lo que debía de ser su cabeza. Era parecido a un gusano, alto y delgado, con unas extrañas oquedades en su deformado rostro. Se convulsionó y se agitó como una serpiente bajo la rojiza luz de la inflada luna, luego se dobló sobre si mismo, como para contemplar las víctimas de su sacrificio. Después algo salió de uno de los orificios de su cara, un chorro de color anaranjado que salpicó las víctimas y al sumo sacerdote. Los congregados se deslizaron sobre sus seudópodos, huyendo del temible espectáculo. ¿Estaría furioso o irritado? ¿Acaso sus mentes primitivas eran capaces de comprender a un dios? El sumo sacerdote agitó sus tentáculos en éxtasis, mientras habría su decena de bocas y chasqueaba sus pedipalpos: ¡La bendición de Klarkash Ton había caído sobre él! ¡El dios estaba dando vueltas y unos gritos terribles escapaban de sus fauces dentadas y maléficas! El sumo sacerdote erizó las espinas de su espalda y sus colores cambiaron bajo la aceitosa capa de quitina.

–¡Ïa! ¡Ïa! -gritó de nuevo, cuando la llama cayó sobre el dios, que se desvaneció de nuevo a través del portal. La convocación había sido todo un éxito.

2 comentarios:

Carlos de la Cruz dijo...

Horrores tentaculados invocando humanos. Me ha gustado :D.

Saludetes,
Carlos

Juzam dijo...

Gracias ;)